Polvo estelar.

Cuando las alas crecen, el diluvio cesa sobre la cúpula de nuestros pesares. Las alas, ¿a qué llamarle alas? Son semillas que explotan, aquellas que desatan la química en nuestro organismo y nos embelesan con péptidos opioides endógenos... o endorfinas.

Desde comer un chocolate, sentir dolor, comer picante... hasta, sí, efectivamente... enamorarse.
Y enamorarse puede no precisamente ser convencional. Uno se enamora de la música, del fútbol, de las olimpiadas, de la naturaleza, de las corcholatas... De un Escorpión Zurdo... O de su constelación.

Hace algún tiempo, las epifanías de los ideales que a cada uno generaban el desemboque de endorfinas parecían misteriosas e incluso cosa de brujos; Umberto Eco lo narra en su libro "El nombre de la rosa", donde se detalla la implicación de la risa, esa expresión de placer y gozo que desata la frivolidad; se está prohibido reír, se está prohibido soltar el alma a las condiciones animalescas de nuestra naturaleza. Ampliamente recomendable.

Y con la festividad que ha desembocado el descubrimiento de una Constelación mágica, también se han caído los candados en las ideas. Las cadenas que detenían los avances y su realidad marchan justo en camino de su extinción. No puedo decir que sea algo que se deseaba, pero ahora que sucede, la interpretación es sutil y debo aceptar, reservada. A veces cuesta trabajo echar en seguida las campanas al vuelo.

Voy a disfrutar el instante y a aprovecharlo tanto como en su momento disfrute del frío calabozo en que me vi depositado. Ese pozo frío en que tantos meses mantuve aislado al intelecto, ahora urge por vibrar con fuerza en cada segundo y en cada oportunidad que se aproxima. Hoy abrí un candado. Mañana abriré otro.

El candado principal se quebró y la lluvia de polvo estelar cae sobre mí como gotas de lluvia, diría B.J. Thomas.

¡Y pensar que alguna creí que había encontrado el camino! ¡Vaya que uno puede perder la cabeza!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario