Tragedia, NO.

Mejor no pensar en la tragedia. Dejar que las comisuras de los labios mantengan el sentido hacia arriba, que las bellotas caigan al suelo, no es necesario subir a por ellas. Dejar que las ideas martiricen y se disfrute con ello, que hagan sentir a uno con vida y el placer de vibrar.

Reconozco que es algo picoso; o enchilado, en la misma escuela que ese picor insoportable en la boca cuando se muerde un chile súper picoso y aún a pesar de que no se aguanta la lengua, no puedes dejar de comer; simplemente es imposible. Necesitas ese saborcito constante en el paladar para que el gusto apremie.

Con frecuencia solía pensar en estos momentos; hace tiempo. Me sentaba frente al computador y mientras procesaba datos y números, la cabeza zumbaba con las ideas de la tragedia. Manía posible, era complicado entender qué diantres pasaba por mis neuronas en esos momentos para conseguir que la sinapsis se comportara de manera tan oscura.

Brutal en ocasiones, que salía molido emocional y literalmente. Cerraba unos segundos los ojos, antes de vestirme la chamarra, respiraba dos o tres ocasiones y los abría. Suspiraba al calzarme y salía con la mirada vidriosa, con el pensamiento machacado entre las ideas de una profunda soledad y una vida llena de vacío. Las opciones se acortan en abruptas ráfagas.

En ocasiones miraba elocuentemente algunos documentos sobre el escritorio y me jalaba un poco el cabello. Bajaba las escaleras y escapaba en una cascada de miradas, de ojos de todos los tipos imaginables, sintiéndome indistintamente cortejado; sentía una repentina urgencia por salir corriendo, con un eterno nudo en la garganta que sofocaba. Mirar el reloj, el celular o simplemente las palmas de las manos, eran el top three de los escapes más usados.

A veces simplemente lloraba por dentro.

O sonreía, porque sí, porque aún podía hacerlo y hacerlo bien.

Miraba un poco el televisor en casa; algunos ejercicios informáticos y una lectura cortada por circunstancias simples. Todo un ritual para convertir la noche en el día.

Mejor no pensar en la tragedia. Ya lo hice muchos, muchos años. Ya se liberó demasiada consciencia en mi interior; o tal vez, la suficiente para enfrentar lo que venga.

Bienvenida.

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