Caminar. Conocer el mecanismo mediante el que mueves un pie detrás del otro, sincronizas el ritmo, mueves el cuerpo sabiendo el destino, aunque no siempre es así. Una mecánica simple pero compleja en su más remota concepción. Los campos magnéticos describen la influencia y desgajan con fina claridad lo que más influye sin dejarse percibir. Así entonces, los pasos nacen.
Pero los pensamientos también aprendieron a caminar. La imaginación absorbe con delicadeza el ritmo y el orden de cada movimiento; contenemos en una mirada el germen que habrá de desplomar la obra, la idealizamos; con fuerza mental se desliza cada sendero fugaz que cruza de frente y se va desechando cada posibilidad débil, hasta que una con grandeza suficiente promulga el siguiente giro, el siguiente movimiento. Se logran enormes figuras en el espacio indefinido y logramos, en ocasiones, materializar alguna. Logramos y sentimos regocijo y vida y calor de quien cerca se halla.
Pero los traumas también aprendieron a caminar. La imaginación se oscurece y deja huellas indelebles, fortalezas donde se forman inmensos castillos de solemnidad y reserva. La oscuridad toma el control de los pasos, de los ríos donde las escamas y los llantos que rasparon el bienestar se guarecen aturdidos y de pánico inflexibles. Uno desea despertar cuando se llega a la cima pero se es incapaz. Es la llama insolente la que nos abraza, la que arrasa en ese territorio los sueños y las ilusiones, cierra caminos libres y establece cordilleras de negrura y angustia de difícil acceso. Se sufre y cada uno se petrifica.
Y el destino también aprendió a caminar. Con el acoso de los días arenosos y las figuras claras, oscuras, grises, también se construyen enormes caminos. A cada paso el destino deja impacto imborrable y defiende su magnitud inalcanzable. Las leyes de la física y la lógica tiemblan y se vuelven comprensibles mucho después de lo que uno hubiera deseado. No siempre deja elección, arrastra embravecido, va demoliendo implacable los planes, sueños y deseos que cada uno tanto tardó en concretar en la mente. Todo se reduce a vacuos recuerdos de lo que pudo ser. Todo deja manchas de luz y oscuridad y miedo y astucia y vida. Todo se reduce a haber vivido, a la historia inconfundible, a la necesaria, a la concreta e inevitable historia. No hay escapatoria.
Pero también los años y el tiempo y las victorias aprenden a caminar. Con el derrumbe de la independencia, los sigilos de nuestra existencia construyen lo que somos y seremos dejando huella imborrable en lo que fuimos. Se borra nuestra independencia y vamos viendo debilitarse al arbitrio, el que libre soñó ser. Dejamos la cordillera de los tropiezos, nos deslizamos en el tobogán de las hazañas y los triunfos sufridos, nos los bebemos y los atesoramos. Compensamos el error con la sacudida y arremetemos. A veces el lodo surge infame y a veces la lluvia nos purifica. Y siempre termina construyendo nuestra historia.
Así se construye el conjunto de miles de pasos caminados, de tipos y formas incomprensibles y superables; se nos permite dejar legado y sobrevivencia. Así dejamos marcado el destino. Así dejamos en la arena leves marcas en espera de la gigantesca ola de horas que habrá de borrarlas. Y nosotros con ellas.
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