Caminé con cierta inquietud hacia la salida. Ante la puerta, un guardia de seguridad revisa mis cosas, un ritual que cada día debemos seguir a la hora de retirarnos de la oficina. No hay sorpresas, todo en orden, adelante.
Horas antes había logrado acercarme, no sin timidez, por supuesto, no sin la inseguridad que corrompe las ideas y bloquea la sinapsis. Intercambie algunas palabras, ideas y cuestiones sobre cosas aleatorias, sobre maestros y enseñanzas. La sorpresa fue brutal pero en definitiva dentro del marco de lo sublime. Una experiencia clara y atemorizante por contundente. Una experiencia que dejó sin aliento la tarde y que dictó indiferente el panorama lleno de lucidez, de esperanza.
Caminé rumbo al auto de mi comparsa. El día clareaba y no dejaba dudas sobre la posible vuelta de tuerca que se aproximaba. Y allí estaba, caminando detrás de mí, detrás de cada centímetro de la calle, transcurriendo ligera, noble, precisa. Y el cielo se abrió con delicadeza para permitir que los cálidos rayos solares cubrieran en su moribundo estado cada centímetro de nuestros cuerpos.
Me acerqué. Se detuvo. Le hablé, me escucho. Nos detuvimos frente al auto y la noche se detuvo en su avanzar. No había sigilo que interrumpiera el encuentro. No había más que recuerdos de algo que no conocí pero que debía suceder sin remedio. No había más que infinito en el horizonte. La realidad se desplazó de la oscuridad y permitió que el aire llegara de nueva cuenta y con su ligereza intrínseca pero bien oculta, hasta la rotonda de las sensaciones muertas que albergué durante el peregrinar alicaído.
Así que decidimos beber cerveza y comer pizza. Y decidimos reír y charlar y descansar. Decidimos que el letargo que nos asfixia descansara de ser letargo y fuera un momento estival en cada poro. La luz de la noche cubría la atmósfera y el fuego de cada sílaba pronunciada traspasaba la cadena de estupor y bloqueo sensitivo que detenía la fluidez existencial horas antes.
Claro que el imán se manifestó con todo su poder y un lazo invisible ató envalentonado nuestras existencias; un deseo incapaz de liberarse de la compañía. Una ráfaga de ensueño, coincidencias cósmicas y más allá... más allá una luz en su sonrisa que petrifica y permite recobrar el anhelo de respirar firme de nuevo.
Medianoche. Baile telúrico horas después. Marcha de ideas en un espacio inconcebible por desconocido y un desenfrenado martilleo en el centro de bombeo de sangre de nuestros cuerpos.
La noche dio a luz un zurdo escorpión.
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