En el trayecto en que uno debe desplazarse de un sitio a otro en una ciudad tan selvática como la nuestra, siempre está a expensas de sufrir algún percance. Es casi irremediable que suceda.
Por ejemplo, la hermosa constelación del Escorpión zurdo, sufrió la semana pasada el amargo percance de que la grúa raptara su auto. Para los que no están familiarizados con estos términos, una grúa es un vehículo de arrastre de otros vehículos, que el gobierno de la ciudad envía a vigilar el civismo y respeto de los automovilistas, tanto en cuestiones de limitación estricta a estacionar los autos solo dónde es posible hacerlo y/o pagando la cuota correspondiente, bajo las condiciones establecidas en el código que así lo dicta.
En resumidas cuentas, pues dejó su auto en un lugar inapropiado, confiando en que solo sería cosa de unos minutos; pero como las enseñanzas de los abuelos nunca fallan, pues esos minutos que pensó ahorrarse en buscar un sitio correcto de estacionamiento, se convirtieron en un martirio de casi un día entero. Además de que por causa de ese incidente, aquel infame día sus ojos no se cruzaron con los míos, Damn!
Al final, pues pagó la multa correspondiente. Recuperó su auto y sus pertenencias y no pasó de allí. Pero así como este ejemplo, podría citar cientos: que si se atraviesa un imprudente y golpea nuestro auto, que si nos golpean por detrás, que si por un choque de otras personas se vuelve un estacionamiento enorme la vialidad, etcétera. Eso solo por citar algunos ejemplos; podríamos mencionar que si nos detiene un policía por saltarnos un alto o cosas por el estilo, sin contar con la nefasta situación de sufrir un asalto donde de plano nos bajen del vehículo con pistola en mano o cosas peores.
Y además, esto solo hablando de algunos percances automovilísticos. Para los que deciden no utilizar el auto, pues tienen riesgos iguales o peores, que van desde la aglomeración de un deficiente, por no decir, pésimo sistema de transporte público, hasta las diferentes variaciones de riesgo, como asaltos, accidentes, retrasos, abusos, etc., etc.
Vivir en la ciudad es muy aventurado, fuerte, pasional. Requiere de verdad pasión para afrontar un día a día exigente y asfixiante. Pero recompensa bien. O a veces no tanto, pero eso ya depende de cada uno.
So, es una virtud y un reto digno de aceptarse el hecho de sobrevivir y sobresalir con dignidad (poca o mucha, no importa, solo vale que exista) y que se deje el hecho atrás. Debemos dejar ir las circunstancias con la frialdad que implica el haberlas sufrido.
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