Sobre la tristeza infinita

La infinita tristeza. Una apología similar a la gripe, incurable, con periodos estables de muchas lunas donde no se asoma, pero allí está, permanece, detrás de la nuca, acechando, con el aguijón bien dentro, listo para jalar desde el fondo. Una granada lista.

La infinita tristeza y el estado somnoliento. Sin infinitos, como la muerte; como el sol o los astros. Condiciones intrínsecas a todos, sin importar la especie... incluso los árboles tienen estos atributos dentro, en su tronco, en cada rama que gotea rocío y cae durante el otoño. Espejos natos de vida.

La infinita tristeza y la tormenta  por las pasiones. Malos consejeros, los más terribles; amos de las ideas, de los pesares, de los desastres más espantosos que uno puede llegar a sufrir. Ha habido guerras entre naciones justo por no ser capaces de controlar nuestras pasiones. Nos estrangulan con indefinible frialdad, sin miramientos. Implacables. El aire se nos escapa de los pulmones y el corazón patalea desesperado y enloquecido, la sangre calienta el cuerpo con la fuerza y la fricción de la velocidad a la que corre. Las venas saltan y explotan en maldiciones y desastres impensables. La pasión.

La infinita tristeza y la intrínseca soledad. Almas gemelas. Siamesas características, rasgos de vida, imposibles de esquivar o eludir. Nos envuelven lentamente entre sus brazos fríos y contundentes, suaves, inevitables. De nada sirve gritar, huir, esconderse. Los alaridos son innecesarios. La resignación, la mejor vía de afronta. En su naturaleza inevitable, nos llena de un sudor suave, dulce, derrochado hacia nuestro interior, muy dentro, sudamos infinita tristeza e inagotable soledad.

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