Tengo metida en la cabeza una idea portentosa. Quiero que la gente se acerque a los libros, que cubra de color el alma, el fuego que encierra debe quemar su petrificación. Quiero que la gente ame de nuevo la poesía, la narrativa llena de bríos e inocencia. Que vuelvan los sueños de corrientes místicas en la creación, que seamos inocentes de nuevo, que seamos libre pensadores en adelante. No se necesita romper el dogma, se necesita reinventarlo, fortalecerlo con raíces.
Considero vivo el paisaje. Si la persona que vive en los pensamientos de otra, es correspondida, que regale versos y no collares. Que el amor exista aún a pesar de las fechas marcadas y las costumbres mercadotécnicas instaladas; que salve de la materialidad al sentimiento; que el romance entero sea por el goce del alma y no por el goce en el antro o en el auto. Sembrar por todos los medios que el valor y consecuencia de amar abiertamente, pasional, sin freno es la salida. Debemos todos romper con el esquema vacuo horrendo en que habitamos.
Idealista. Infantil. Muchos adjetivos más pueden aplicar a esta idea. Muchos, con razón o sin ella. A veces las personas justifican su soledad y su incapacidad para establecer ordenadamente sus acciones mediante argumentos que juegan en contra a lo que sienten; la máscara los traiciona, los apuñala. Los atrapa.
Serenidad en el consuelo. Me alimento de la única forma posible en mi condición y es el ideal. La filosofía es una vaina en el desierto y necesitamos volver a cultivarla.
Transmutación. Es hora de estallar y crear el caos del orden.
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