Miasma

Resulta que en ocasiones la revoltosa vialidad carcome los nervios; sucede que la epidermis de nieve me enloquece y que al mismo tiempo y nivel, la epidermis de lumbre desahoga mis tentaciones, las envilece e incluso las arrasa.

Llegado el momento, bebo en mi palma la vacuidad que me rodea y filtro ligeramente los cañonazos que me atisban cada segundo; planifico las memorias por día y trato de evitar la falta de nostalgia y melancolía, siempre necesarias para un saludable equilibrio; en dichas circunstancias la miseria omnipresente trata de disimular su cobertura con latigazos dulces de amargo comfort y misericordia: es fácil detectarlos a cierta distancia de uno mismo.

Con las tardes, el envejecimiento diario se hace notar, unas veces con suma precaución y las más con insolente ridiculez: dolores aquí, allá y medio por acá, entre los cubos de la maleza o con la ya sabida conmiseración que genera mal humor y ganas de fumar incontrolables.

En el laberinto del que todo pende, en el miasma irreversible en que me sumergo a diario, en el trono de las cloacas, allí es donde, creo, tengo y debo residir, permanecer.

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