Sincronía

Eric avanzó hacia ella. La miró y lentamente develó su rostro apartando con delicadeza el cabello que caía en cascada, mantuvo su mano tocándole fríamente la sien y la oreja; pronunció sólo palabras inentendibles y se sacudió torpemente, lleno de un frenesí tonto, hostil. Se apartó bruscamente y salió de la estancia, avanzando entre pasillos de una interminable monotonía, se sorprendió de encontrarlos lúgubres, sin sentido, sin color o de una manera que hasta le pareció estar soñando; salió del edificio con el pulso acelerado, comenzaba a sudar, sintió las gruesas gotas del sudor formarse en su nuca, en las axilas, pero no demoró mucho en decidir el rumbo: tomó un taxi, le giró instrucciones y mientras se acercaba a su destino, las gruesas gotas de sudor dejaron de generarse y otras gotas, más gruesas aún, se formaron pero ahora en sus ojos, que tomaron un recio colo rojizo pero a lo cual no hizo nada por evitarlo; la garganta lo traicionaba al dar las instrucciones, que si vuelta a la derecha, que si de frente, que ahora metase por acá; decidió intentar no pensar más en el incidente, dejar de lado la situación, llenarse las venas de licor y tal vez manosear alguna chica de servicio, en su idea no contempló nunca la prudencia o el arrepentimiento, tampoco creyó necesario el pensar dos veces la cosas, como si el hecho de pasar por esa situación mereciera pensarlo dos veces, no, definitivamente esa no sería una opción, lo mejor sería olvidarse por un momento de todo y buscar distracción en el exceso de sus sentidos... pasaron las horas, los tragos, el llanto, la noche, salió del lugar cuando aún no había luz del sol, recorrió tambaleante las aceras, hablando solo, balbuceando maldiciones, gritando, chocando en los postes y en las paredes, cruzó una calle y vió una luz veloz acercarse, no pudo esquivarla, voló unos metros y se precipitó estruendamente a media avenida; jamás pudo contarle nada a nadie, ni tampoco desahogar verdaderamente su emoción, se llevó el secreto a la tumba y mientras eso pasaba, en el edificio de apartamentos donde todo inicio, ella, la mujer del relato, disparaba contra sí una bala entre la misma sien y la misma oreja que horas antes fuesen tocadas por el ahora muerto por última vez.

Miserable destino para un par de almas tocadas por la infame intolerancia del amor.

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