La oportunidad se había escapado; probablemente la situación idónea que tanto había esperado se acababa de escurrir entre sus manos, sin remedio, sin vuelta de hoja, probablemente era sólo un guiño para ocupar la posición de doble mártir en una espiral que iniciaba precisamente donde estaba terminando.
Ocupó su tiempo en menospreciar el suceso; al fin y al cabo, las posiciones en que se movía no eran del todo miserables, o al menos así se lo hacía creer a él mismo, pensaba que con un poco de suerte podrían presentársele otras opciones, para de inmediato contradecirse pensando que la suerte no existía, que él podría generarse esas vías de oportunidad.
El tiempo transcurrió con su característica indiferencia mientras que él iba en picada imaginando ir ascendiendo; la realidad es que estaba cada vez más enajenado, ausente de la totalidad de fracasos que acumulaba, incapaz de reconocer que el fango lo tenía ahogado, sumido, estaba incluso aburrido de tantas insolencias que, creía, él mismo se imaginaba. Miserable, en fondo y forma, derritió la última de sus visiones en un abrupto diseño de maniqueísmo que consolidó la transición de hombre a pálida sombra; aceptó tardíamente su rostro envejecido, sus manos sin fuerzas, sus piernas dobladas y la espalda encorvada; añadió nuevas maldiciones a su léxico diario, habitual; desestimó las verdaderas hazañas y logros que había acumulado, que aunque mínimos, existían, como estrellas en un cielo citadino contaminado, como manecillas ocultas en un reloj digital; envejecido se recostó un día esperando no despertar, sin embargo, el destino no estaba precisamente para cumplirle caprichos y siguió avanzando, lento, sin cambios, sin municiones, sin nuevas albricias, sin llantos ni sonrisas, sin soledad ni esperanza: miserablemente descubrió su vida soleada añorando el frío y sus noches frías a las que rogaba un poco de calor.
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