Acuoso; agua dentro del fuego, dentro de la incipiente miseria que funde los sentidos en uno solo, adentro del afuera, paradójica insinuación.
Manantial errático. Si tus pájaros sobrevolaran mi atmósfera, el cielo no sería azulado y las mañanas resultarían ambigüas, impredecibles, ciénegas restauradoras de la pureza extraviada, de las ausencias atormentadoras, de la cópula indecisa, de la magia en la mirada.
Vendré con el tiempo, con el crepúsculo a cuestas y a paso regular; vendré con el mismo ímpetu derrochador, con la insana versión de poesía desnuda, con la copa llena y el aroma de tu sexo fresco en la palma de mi mano. Vendré a ti, luna de marzo, con el silencio que te enamora, abierto y despojado de la vida, con una clara visión de los atardeceres que te fascinan: vendré y sabrás que nunca me fui, que mi presencia fue la ausencia y que la página blanca donde plasmé la sangre que me emanaba sigue intacta, dedicada a ti.
Acuosa se torna la mirada. Agua dentro de mí.
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