Música

Vivir la música es una experiencia de monumental esfuerzo, que requiere de una capacidad descriptiva fuera de serie, irreal, podría decirse.

Por que es fácil decidir si una tonada o una lírica o un compás nos mueven o no los sentimientos, las emociones; es fácil digerir una tonada en un par de segundos y decidir si es o no de nuestro completo agrado; es fácil comprar un disco y escucharlo hasta que reviente nuestra tolerancia a lo mismo, hasta el hartazgo pues.

Pero ¿vivir la música? Esnifarla, tocarla, aprehenderla... La música puede convertirse en una cuestión de sobrevivencia, en algo tan imprescindible como beber agua o respirar aire fresco; puede ser la diferencia entre armonía y destrucción, entre patria y destierro... convenientemente decido murmurarme a discreción que el tiempo no tiene siquiera un ápice de importancia cómo la tendría la música. Tengo y sufro la prominente soledad de escuchar y convencerme de lo diminuto y lo grandioso que puede llegar a ser, a una misma vez, el espíritu humano, de su sensibilidad, de toda la magia que se puede generar con un cuerpo común y un enorme don. En fin, debo expresarlo: la música es mi adicción y lamento no ser el mejor de los hombres para corresponder de alguna forma a su grandeza.


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