¿Cuál debería ser la respuesta natural a una implicación del tipo “para la próxima”?
Uno se topa con que los juegos de los encuentros casuales son por fuerza innecesarios, son algo implícito desde cualquier perspectiva, y que sin embargo se dan. ¿Qué hacer en esos casos? Aceptar que la repetición de un evento circunstancial se pueda volver a presentar sugiere una intolerante manera de percibir el destino, mismo que juega una conceptualización irreverente toda vez que hablamos de entes racionales, es decir, íntegros, sobrios y poco místicos. Tal vez sea una cuestión de vanidad, pero la realidad transcurre en hechos concretos, mas no en trivialidades y posibles menoscabos de ilusiones o magras ideas sobre los acontecimientos futuros… es triste no influir sobre nuestras propias determinaciones.
Volviendo al tema, ¿qué decir de una solicitud expresa de alguien que promete una “próxima vez” cuando ambas partes saben de antemano la remota posibilidad de que sea algo con viables posibilidades?
Lo menos que se esperaría es que aquel que lanzó la primera piedra sembrara un grano de luz al respecto, que distorsionara un poco la realidad y dijera claramente cuándo y dónde será esa “próxima ocasión”, esa promesa vacua que no tiene pies ni cabeza hasta no aterrizar en algo concreto y real. Ese es trasfondo de las cosas, ese es el sentimiento, ese es el meollo del asunto, es la solución y la transparencia, es lo que se espera del lado del esperanzado, del bando del prometido… el prometedor debería ser justo y empeñar la palabra si quiere y cuantas veces lo considere necesario, pero hacerlo con claridad y sin leones en la noche fuera de la vista, no esperando que las luces no se apaguen sino dejando rastros, dejando huellas viables, números y señales, descripciones, mapas de navegación a la mano, entendibles, descifrables, si no, ¿cuál es la importancia de su propuesta sin una leve promesa de obtener algo?
Un encuentro casual, un café prometido y aceptado, una promesa involuntaria, suspiro despiadado, una verdadera razón de soltar un arma sin remordimientos.
Cuando todo falla podemos golpear los ojos de los caballos y hacerlos dormir y llorar. Pero no puedo pretender que no necesito defender una parte de mí de ti.
Algo así era lo que quería decir. Tal vez lo logré, tal vez sigo sin capacidad de entendimiento con el mundo proscrito en las afueras de mi soledad.
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