Resulta que en ocasiones la revoltosa vialidad carcome los nervios; sucede que la epidermis de nieve me enloquece y que al mismo tiempo y nivel, la epidermis de lumbre desahoga mis tentaciones, las envilece e incluso las arrasa.
Llegado el momento, bebo en mi palma la vacuidad que me rodea y filtro ligeramente los cañonazos que me atisban cada segundo; planifico las memorias por día y trato de evitar la falta de nostalgia y melancolía, siempre necesarias para un saludable equilibrio; en dichas circunstancias la miseria omnipresente trata de disimular su cobertura con latigazos dulces de amargo comfort y misericordia: es fácil detectarlos a cierta distancia de uno mismo.
Con las tardes, el envejecimiento diario se hace notar, unas veces con suma precaución y las más con insolente ridiculez: dolores aquí, allá y medio por acá, entre los cubos de la maleza o con la ya sabida conmiseración que genera mal humor y ganas de fumar incontrolables.
En el laberinto del que todo pende, en el miasma irreversible en que me sumergo a diario, en el trono de las cloacas, allí es donde, creo, tengo y debo residir, permanecer.
Sin relevancia
Este es mi primer post con explorer 7. He usado desde hace mucho tiempo ya el navegador firefox, sin embargo le estoy dando el benficio de la duda a Billy Gates para ver cómo van las cosas por allá. Lo usaré algunos días y después haré un balance para decidirme por cuál de los dos navegadores me quedaré de fijo.
Mientras tanto seguiré ganándome la vida sacrificando muchas horas por unos cuantos pesos.
En un ratito el post de a deveras.
Mientras tanto seguiré ganándome la vida sacrificando muchas horas por unos cuantos pesos.
En un ratito el post de a deveras.
Recompensa
La oscuridad renombra el pensamiento, lo modela, permea con realeza la congnoción; la oscuridad genera emociones distantes, distintas, frecuencias sensoriales donde la magnitud pagana acrecenta los sinsabores, los quebrantos se multiplican y la fantasía de la conciencia en paz se ve amenazada.
Acechar en las penumbras, principio básico del espionaje y de los desahogos reprendidos, reprimidos, de las costumbres ignoradas e inmorales, de los malsanos infames que defienden la solemnidad con el rostro lleno de hipocresía. La recompensa existe: un puñado de sensaciones que carcomen el espíritu, una inmensa palpitación que recorre los escondites más increíbles en los canales nerviosos de un hombre; la recompensa, siempre malentendida, reprochada o subestimada, la misma que con una idea plenamente concreta podríamos tener al estirar la mano; la misma que con un chistar de dedos lograríamos si no tuviéramos tanto temor a atrevernos.
Acechar en las penumbras, principio básico del espionaje y de los desahogos reprendidos, reprimidos, de las costumbres ignoradas e inmorales, de los malsanos infames que defienden la solemnidad con el rostro lleno de hipocresía. La recompensa existe: un puñado de sensaciones que carcomen el espíritu, una inmensa palpitación que recorre los escondites más increíbles en los canales nerviosos de un hombre; la recompensa, siempre malentendida, reprochada o subestimada, la misma que con una idea plenamente concreta podríamos tener al estirar la mano; la misma que con un chistar de dedos lograríamos si no tuviéramos tanto temor a atrevernos.
Agua
Acuoso; agua dentro del fuego, dentro de la incipiente miseria que funde los sentidos en uno solo, adentro del afuera, paradójica insinuación.
Manantial errático. Si tus pájaros sobrevolaran mi atmósfera, el cielo no sería azulado y las mañanas resultarían ambigüas, impredecibles, ciénegas restauradoras de la pureza extraviada, de las ausencias atormentadoras, de la cópula indecisa, de la magia en la mirada.
Vendré con el tiempo, con el crepúsculo a cuestas y a paso regular; vendré con el mismo ímpetu derrochador, con la insana versión de poesía desnuda, con la copa llena y el aroma de tu sexo fresco en la palma de mi mano. Vendré a ti, luna de marzo, con el silencio que te enamora, abierto y despojado de la vida, con una clara visión de los atardeceres que te fascinan: vendré y sabrás que nunca me fui, que mi presencia fue la ausencia y que la página blanca donde plasmé la sangre que me emanaba sigue intacta, dedicada a ti.
Acuosa se torna la mirada. Agua dentro de mí.
Manantial errático. Si tus pájaros sobrevolaran mi atmósfera, el cielo no sería azulado y las mañanas resultarían ambigüas, impredecibles, ciénegas restauradoras de la pureza extraviada, de las ausencias atormentadoras, de la cópula indecisa, de la magia en la mirada.
Vendré con el tiempo, con el crepúsculo a cuestas y a paso regular; vendré con el mismo ímpetu derrochador, con la insana versión de poesía desnuda, con la copa llena y el aroma de tu sexo fresco en la palma de mi mano. Vendré a ti, luna de marzo, con el silencio que te enamora, abierto y despojado de la vida, con una clara visión de los atardeceres que te fascinan: vendré y sabrás que nunca me fui, que mi presencia fue la ausencia y que la página blanca donde plasmé la sangre que me emanaba sigue intacta, dedicada a ti.
Acuosa se torna la mirada. Agua dentro de mí.
Moraleja.
Las manos sacudieron con fuerza la rutina: la maltrataron, golpearon, violaron; la dejaron tirada por unos segundos, la observaron, sintieron algo que no imaginaron; la levantaron para estrellarla varias veces contra la pared, contra los vidrios, los espejos que mostraban una imagen distorsionada de la acción: unas manos llenas de vida, de fuerza benigna, de un resplandor sin precedentes, con una impersonal fiereza, desconocida hasta entonces, manchadas hasta la exageración mas extrañamente limpias, con pulcritud desmesurada, con grandes llagas sangrantes, con dolor y goce mezclados; esas manos nunca antes entendidas, nunca antes desahogadas, desde siempre cohibidas, esclavizadas, atadas a un destino que no deseaban... esas manos fueron amputadas.
Otro miserable ¿imaginario?
La oportunidad se había escapado; probablemente la situación idónea que tanto había esperado se acababa de escurrir entre sus manos, sin remedio, sin vuelta de hoja, probablemente era sólo un guiño para ocupar la posición de doble mártir en una espiral que iniciaba precisamente donde estaba terminando.
Ocupó su tiempo en menospreciar el suceso; al fin y al cabo, las posiciones en que se movía no eran del todo miserables, o al menos así se lo hacía creer a él mismo, pensaba que con un poco de suerte podrían presentársele otras opciones, para de inmediato contradecirse pensando que la suerte no existía, que él podría generarse esas vías de oportunidad.
El tiempo transcurrió con su característica indiferencia mientras que él iba en picada imaginando ir ascendiendo; la realidad es que estaba cada vez más enajenado, ausente de la totalidad de fracasos que acumulaba, incapaz de reconocer que el fango lo tenía ahogado, sumido, estaba incluso aburrido de tantas insolencias que, creía, él mismo se imaginaba. Miserable, en fondo y forma, derritió la última de sus visiones en un abrupto diseño de maniqueísmo que consolidó la transición de hombre a pálida sombra; aceptó tardíamente su rostro envejecido, sus manos sin fuerzas, sus piernas dobladas y la espalda encorvada; añadió nuevas maldiciones a su léxico diario, habitual; desestimó las verdaderas hazañas y logros que había acumulado, que aunque mínimos, existían, como estrellas en un cielo citadino contaminado, como manecillas ocultas en un reloj digital; envejecido se recostó un día esperando no despertar, sin embargo, el destino no estaba precisamente para cumplirle caprichos y siguió avanzando, lento, sin cambios, sin municiones, sin nuevas albricias, sin llantos ni sonrisas, sin soledad ni esperanza: miserablemente descubrió su vida soleada añorando el frío y sus noches frías a las que rogaba un poco de calor.
Ocupó su tiempo en menospreciar el suceso; al fin y al cabo, las posiciones en que se movía no eran del todo miserables, o al menos así se lo hacía creer a él mismo, pensaba que con un poco de suerte podrían presentársele otras opciones, para de inmediato contradecirse pensando que la suerte no existía, que él podría generarse esas vías de oportunidad.
El tiempo transcurrió con su característica indiferencia mientras que él iba en picada imaginando ir ascendiendo; la realidad es que estaba cada vez más enajenado, ausente de la totalidad de fracasos que acumulaba, incapaz de reconocer que el fango lo tenía ahogado, sumido, estaba incluso aburrido de tantas insolencias que, creía, él mismo se imaginaba. Miserable, en fondo y forma, derritió la última de sus visiones en un abrupto diseño de maniqueísmo que consolidó la transición de hombre a pálida sombra; aceptó tardíamente su rostro envejecido, sus manos sin fuerzas, sus piernas dobladas y la espalda encorvada; añadió nuevas maldiciones a su léxico diario, habitual; desestimó las verdaderas hazañas y logros que había acumulado, que aunque mínimos, existían, como estrellas en un cielo citadino contaminado, como manecillas ocultas en un reloj digital; envejecido se recostó un día esperando no despertar, sin embargo, el destino no estaba precisamente para cumplirle caprichos y siguió avanzando, lento, sin cambios, sin municiones, sin nuevas albricias, sin llantos ni sonrisas, sin soledad ni esperanza: miserablemente descubrió su vida soleada añorando el frío y sus noches frías a las que rogaba un poco de calor.
Sincronía
Eric avanzó hacia ella. La miró y lentamente develó su rostro apartando con delicadeza el cabello que caía en cascada, mantuvo su mano tocándole fríamente la sien y la oreja; pronunció sólo palabras inentendibles y se sacudió torpemente, lleno de un frenesí tonto, hostil. Se apartó bruscamente y salió de la estancia, avanzando entre pasillos de una interminable monotonía, se sorprendió de encontrarlos lúgubres, sin sentido, sin color o de una manera que hasta le pareció estar soñando; salió del edificio con el pulso acelerado, comenzaba a sudar, sintió las gruesas gotas del sudor formarse en su nuca, en las axilas, pero no demoró mucho en decidir el rumbo: tomó un taxi, le giró instrucciones y mientras se acercaba a su destino, las gruesas gotas de sudor dejaron de generarse y otras gotas, más gruesas aún, se formaron pero ahora en sus ojos, que tomaron un recio colo rojizo pero a lo cual no hizo nada por evitarlo; la garganta lo traicionaba al dar las instrucciones, que si vuelta a la derecha, que si de frente, que ahora metase por acá; decidió intentar no pensar más en el incidente, dejar de lado la situación, llenarse las venas de licor y tal vez manosear alguna chica de servicio, en su idea no contempló nunca la prudencia o el arrepentimiento, tampoco creyó necesario el pensar dos veces la cosas, como si el hecho de pasar por esa situación mereciera pensarlo dos veces, no, definitivamente esa no sería una opción, lo mejor sería olvidarse por un momento de todo y buscar distracción en el exceso de sus sentidos... pasaron las horas, los tragos, el llanto, la noche, salió del lugar cuando aún no había luz del sol, recorrió tambaleante las aceras, hablando solo, balbuceando maldiciones, gritando, chocando en los postes y en las paredes, cruzó una calle y vió una luz veloz acercarse, no pudo esquivarla, voló unos metros y se precipitó estruendamente a media avenida; jamás pudo contarle nada a nadie, ni tampoco desahogar verdaderamente su emoción, se llevó el secreto a la tumba y mientras eso pasaba, en el edificio de apartamentos donde todo inicio, ella, la mujer del relato, disparaba contra sí una bala entre la misma sien y la misma oreja que horas antes fuesen tocadas por el ahora muerto por última vez.
Miserable destino para un par de almas tocadas por la infame intolerancia del amor.
Miserable destino para un par de almas tocadas por la infame intolerancia del amor.
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