No esperaba encontrarme con ella. No esperaba un frente a frente tan voraz, de tan rauda intensidad.
El acompañante sonreía y sonreía, irónico, cabildeando entre lo imposible de tan acertada coincidencia y la sordidez del azar implicado en la conjugación de tantos elementos para tan esplendoroso resultado.
Esperaba muchos otros diferentes esquemas para un reencuentro que sabía, perfectamente, que sucedería, sin brújula ni pretensión de exactitudes, navegaba entre la inocencia de saber que el día prometido llegara y toda la tensión, nervios, ansiedad del chiquillo antes del regaño.
Camuflaje sentimental, arroyo de alegrías y derrota del capital. Caerá el momento en que el recuerdo se encuadre y las orillas que tocaron fondo se crucen por vez final entre los intereses picados para evitar un suicidio.
Y no habrá lluvia alguna que impida un entrecejo mayor.
La sexta de diez formas de ver la misma cosa
La noche caía infalible e inaplazable; las tenues gotas de la lluvia ensombrecian aún más la perspectiva desde la que mi atención atendía el cruce de la calle. No era una noche serena de ninguna forma, acaso podría decirse que la noche era todo excepto serenidad, aún contando con la aparición de múltiples situaciones agradables, no cabría dicho calificativo.
La comprensible torpeza al andar de la gente se magnificaba; los pocos transeúntes que acompañaban indiferentes los pasos que dirigían mi cuerpo, a un tiempo unísono sonaban generando redobles infames en mi estado de ánimo.
La diferencia resaltable entre la forma en que los demás miran a su alrededor y la forma en que yo lo hago, resulta a veces corta pero determinante.
La carestía con que el fruto del almendro caminó al bajar del convoy, me tomó por sorpresa, la coincidencia era suprema, extremadamente agresiva, una burla de la fatalidad. Miré al policía distraido, miré al ave que no vuela junto a mí y lo ví sonreir infame e incontenible. Imagine mi rostro. Imagine su cuerpo cobijado en mi regazo, amante. Imagine que todo era un sueño y decidí comenzar a olvidar.
Hoy no puedo decir que lo haya logrado.
La comprensible torpeza al andar de la gente se magnificaba; los pocos transeúntes que acompañaban indiferentes los pasos que dirigían mi cuerpo, a un tiempo unísono sonaban generando redobles infames en mi estado de ánimo.
La diferencia resaltable entre la forma en que los demás miran a su alrededor y la forma en que yo lo hago, resulta a veces corta pero determinante.
La carestía con que el fruto del almendro caminó al bajar del convoy, me tomó por sorpresa, la coincidencia era suprema, extremadamente agresiva, una burla de la fatalidad. Miré al policía distraido, miré al ave que no vuela junto a mí y lo ví sonreir infame e incontenible. Imagine mi rostro. Imagine su cuerpo cobijado en mi regazo, amante. Imagine que todo era un sueño y decidí comenzar a olvidar.
Hoy no puedo decir que lo haya logrado.
La quinta de diez formas de ver la misma cosa
Llovizna, agua ácida. La primera vez que recuerdo haber llorado regresa, cubre mi mente, el inmediato panorama, la melancolía hiere.
Tengo la sensación de estar soñando: desde lo alto miro una imagen del sitio en que me hallo junto a un pingüino caminando, veo formarse gota a gota la lluvia que cae, sigo las miles de trayectorias sentado en la nube negra y me regocija con exceso el palco especial que no sé cómo obtuve.
El transporte público circula con torpeza. Corren los últimos minutos de las últimas horas de la vida de un día de duro trabajo en la ciudad: la ciudad con sus murallas personales, paso a paso; la circulación semilenta contrastante con el ritmo al que viven sus habitantes, sus hijos, los estresados, los que nunca tienen calma, los que siempre tienen prisa. Contraste entre la mirada del policía que cuida la entrada de la estación y los rostros desconocidos con que se cruza a cada segundo, a cada respiro incontenible.
El semáforo se pintó de verde y el convoy avanzó, se detuvo, la gente bajó. El bullicio inundó el sitio y los pasos comenzaron a retumbar inestables, incontenibles, implacables. Me vi andando junto al pingüino, con insoportable lenta velocidad y pasmosa plática insulsa: me vi murmurando algo, una reacción descompuso mi semblante y detenidamente recorrí la escena: allí estaba ella, con la ligereza acostumbrada, con la belleza escurriendo y desafiando las leyes naturales: fiel a su costumbre, no tocaba el piso al caminar, flotaba.
El inminente choque provocó la incontenible caída, aterricé junto a mi, me introduje en mí mismo, me poseí. Suspiré, tomé aire fresco, miré a mi alrededor, la tenía frente a mí, la estrechaba y la saludaba... la miraba asombrado, pero sentía mi piel de gallina tiritar, sentía cómo las emociones suturaban las neuronas y la electricidad truncaba la libertad de pensamiento, la capacidad de reacción. No supe cuando se fue, ni cómo se marchó, sólo sé que la primera noche que recuerdo haber llorado se impregnó en mi presente desde entonces y no se va, no se quiere ir, no me deja en paz... tengo lágrimas retenidas desde entonces porque sé que algo muy dentro ha muerto y no sé cómo hacer desde que ya no está.
Tengo la sensación de estar soñando: desde lo alto miro una imagen del sitio en que me hallo junto a un pingüino caminando, veo formarse gota a gota la lluvia que cae, sigo las miles de trayectorias sentado en la nube negra y me regocija con exceso el palco especial que no sé cómo obtuve.
El transporte público circula con torpeza. Corren los últimos minutos de las últimas horas de la vida de un día de duro trabajo en la ciudad: la ciudad con sus murallas personales, paso a paso; la circulación semilenta contrastante con el ritmo al que viven sus habitantes, sus hijos, los estresados, los que nunca tienen calma, los que siempre tienen prisa. Contraste entre la mirada del policía que cuida la entrada de la estación y los rostros desconocidos con que se cruza a cada segundo, a cada respiro incontenible.
El semáforo se pintó de verde y el convoy avanzó, se detuvo, la gente bajó. El bullicio inundó el sitio y los pasos comenzaron a retumbar inestables, incontenibles, implacables. Me vi andando junto al pingüino, con insoportable lenta velocidad y pasmosa plática insulsa: me vi murmurando algo, una reacción descompuso mi semblante y detenidamente recorrí la escena: allí estaba ella, con la ligereza acostumbrada, con la belleza escurriendo y desafiando las leyes naturales: fiel a su costumbre, no tocaba el piso al caminar, flotaba.
El inminente choque provocó la incontenible caída, aterricé junto a mi, me introduje en mí mismo, me poseí. Suspiré, tomé aire fresco, miré a mi alrededor, la tenía frente a mí, la estrechaba y la saludaba... la miraba asombrado, pero sentía mi piel de gallina tiritar, sentía cómo las emociones suturaban las neuronas y la electricidad truncaba la libertad de pensamiento, la capacidad de reacción. No supe cuando se fue, ni cómo se marchó, sólo sé que la primera noche que recuerdo haber llorado se impregnó en mi presente desde entonces y no se va, no se quiere ir, no me deja en paz... tengo lágrimas retenidas desde entonces porque sé que algo muy dentro ha muerto y no sé cómo hacer desde que ya no está.
La cuarta de diez formas de ver la misma cosa
Todos los días veo cientos de gente pasar, 12 horas continuas, gente, rostros, de muchos tipos, de muchas formas.
Todos los días la vida me desnuda frente a los demás, es deprimente sentirse tan solo en medio de la multitud, cuidar del orden, cuidar cada paso de las personas, vigilar, ayudar, mantenerte alerta. Rutina, cruda realidad.
Pero a veces llego a percatarme de cosas interesantes, grandiosas: chicos cantando, sonriendo, con la fuerza que solo la juventud otorga, parejas de enamorados destilando miel o la magia de un par de ancianos tomados de la mano para apoyarse a cada paso.
Una tarde me dolía todo el cuerpo, inquieto miraba el reloj de forma constante, pensando cuánto tiempo restaba para irme a casa. No recuerdo si era un lunes o qué día de la semana, pero recuerdo bien que vi bajar del convoy a una chica que llamó poderosamente mi atención: tenía el cabello lacio y crecido abajito del hombro, de ojos pequeños y sonrisa coqueta.
Conforme avanzaba la fui siguiendo con la mirada y noté cómo su rostro cambiaba de impresión y un brillo inmenso brotaba de sus ojos. Volteé interesado por saber qué era lo que la hacía estremecerse así, lo supe de inmediato, dos tipos a punto de cruzar el torniquete sonreían nerviosos y la veían fijamente.
Disimulé y me acerqué tratando de escuchar qué decían; ví que se abrazaron y que la atención la tenía un chico alto, el chaparrito más bien parecía de relleno, un mozo sin trascendencia pero que parecía muy satisfecho de ser parte del encuentro, como si de un festín se tratara.
Debo confesar que nunca había visto a una chica enamorada como a aquella señorita: su mirada impaciente, la boca atrevida y la expresión facial tan radiante en comparación al momento original en había bajado tan sólo segundos antes.
El chico en cuestión, el dueño de aquella memorable reacción se mostraba inquieto también, giraba la vista y trataba de acelerar el encuentro, algo que de verdad no comprendí y menos cuando yo miraba a la chica y la veía tan contenta, tan, tan, tan feliz del encuentro ¿acaso se puede ser tan bruto y no darse cuenta?
Vi que se despedían y que ambos (los protagonistas) no dejaban de mover impacientes el cuerpo, no sabría decirles si de nervios o de emoción o de miedo, en fin, que me quedé no sé por qué con la imagen viva bien grabada en mi cabeza. Lo que son las cosas, verdad de dios.
Hasta el día de hoy tengo grabada la imagen, los instantes, los rostros con sus muecas. Hasta el día de hoy he querido volverla a hallar, a ella o a los chicos, pero no lo he conseguido. Espero que no me cambien pronto de estación.
Todos los días la vida me desnuda frente a los demás, es deprimente sentirse tan solo en medio de la multitud, cuidar del orden, cuidar cada paso de las personas, vigilar, ayudar, mantenerte alerta. Rutina, cruda realidad.
Pero a veces llego a percatarme de cosas interesantes, grandiosas: chicos cantando, sonriendo, con la fuerza que solo la juventud otorga, parejas de enamorados destilando miel o la magia de un par de ancianos tomados de la mano para apoyarse a cada paso.
Una tarde me dolía todo el cuerpo, inquieto miraba el reloj de forma constante, pensando cuánto tiempo restaba para irme a casa. No recuerdo si era un lunes o qué día de la semana, pero recuerdo bien que vi bajar del convoy a una chica que llamó poderosamente mi atención: tenía el cabello lacio y crecido abajito del hombro, de ojos pequeños y sonrisa coqueta.
Conforme avanzaba la fui siguiendo con la mirada y noté cómo su rostro cambiaba de impresión y un brillo inmenso brotaba de sus ojos. Volteé interesado por saber qué era lo que la hacía estremecerse así, lo supe de inmediato, dos tipos a punto de cruzar el torniquete sonreían nerviosos y la veían fijamente.
Disimulé y me acerqué tratando de escuchar qué decían; ví que se abrazaron y que la atención la tenía un chico alto, el chaparrito más bien parecía de relleno, un mozo sin trascendencia pero que parecía muy satisfecho de ser parte del encuentro, como si de un festín se tratara.
Debo confesar que nunca había visto a una chica enamorada como a aquella señorita: su mirada impaciente, la boca atrevida y la expresión facial tan radiante en comparación al momento original en había bajado tan sólo segundos antes.
El chico en cuestión, el dueño de aquella memorable reacción se mostraba inquieto también, giraba la vista y trataba de acelerar el encuentro, algo que de verdad no comprendí y menos cuando yo miraba a la chica y la veía tan contenta, tan, tan, tan feliz del encuentro ¿acaso se puede ser tan bruto y no darse cuenta?
Vi que se despedían y que ambos (los protagonistas) no dejaban de mover impacientes el cuerpo, no sabría decirles si de nervios o de emoción o de miedo, en fin, que me quedé no sé por qué con la imagen viva bien grabada en mi cabeza. Lo que son las cosas, verdad de dios.
Hasta el día de hoy tengo grabada la imagen, los instantes, los rostros con sus muecas. Hasta el día de hoy he querido volverla a hallar, a ella o a los chicos, pero no lo he conseguido. Espero que no me cambien pronto de estación.
La tercera de diez formas de ver la misma cosa
Ella subió al metrobús llena de pensamientos sobre una vía nueva y deliciosa, recién iniciada que prometía satisfacciones constantes, premios personales, para sí misma, para nadie más, eso no era lo importante, la piedra podría girar sin turbaciones mientras las ardillas en la cabeza hicieran lo propio.
Subió llena de palomas en la cabeza, avanzó muchos metros, estaciones necesarias pero mantenía la sonrisa. Al cabo de algunos minutos reconoció el rumbo de hogar en un ligero descuido de la mente al brindarle valor a la vista: su estación próxima estaba. Bajó tranquila del transporte, comenzaba a retomar la interrumpida meditación estableciendo empiricamente la cantidad de atención suficiente a cada motivo de ella: meditar, caminar por la calle, cruzar las avenidas, vigilar que no haya malintencionados merodeando... es difícil habitar la ciudad en nuestros días.
Al instante de mirarlo, sintió en su espalda un leve escalofrío, ¿harían 6, 8, 9 meses de no contacto, de luchar contra sí para olvidar sus palabras, su genio, sus caricias? Había cambios en su vida, sí, pero él aún habitaba sus pensamientos, sus noches húmedas y los días de nostalgia seguían girando alrededor de lo que no fue y pudo haber sido.
Decidió terminar pronto con el embarazoso encuentro. Ya frente a frente se percató de que venía acompañado de alguien, lo reconoció casi cuando la saludaba con un beso en la mejilla. No importaba en realidad, trató de mantener la mirada abierta, demostrar estabilidad, descuido en el encuentro, vaguedad de emociones. Al contacto con él, sonrió con intensidad pero bajito pues lo descubrió temblando: sabía que aún lo tenía en sus manos.
Confiada entonces adquirió control sobre la situación: habló de la meditación reciente y sus planes de cómo adquirir complacencia propia, cómo abastecería a su ego, a su interminable necesidad de satisfacción y cómo NO pensaba más en nada más. Él sin en cambio tartamudeó un poco, movía la mirada constantemente y no disimuló en nada el placer que le daba encontrarse.
Ella lanzó la primer despedida: él simplemente agachó la mirada, aceptó en silencio la separación y le pidió al compañero continuar el camino. El compañero sonreía con sorna y franca ironía. Ambos marcharon rápido y ella al dar la espalda sintió que las órbitas oculares se ahogaban en lágrimas: no dejaba de repetirse que algún día, algún día...
Subió llena de palomas en la cabeza, avanzó muchos metros, estaciones necesarias pero mantenía la sonrisa. Al cabo de algunos minutos reconoció el rumbo de hogar en un ligero descuido de la mente al brindarle valor a la vista: su estación próxima estaba. Bajó tranquila del transporte, comenzaba a retomar la interrumpida meditación estableciendo empiricamente la cantidad de atención suficiente a cada motivo de ella: meditar, caminar por la calle, cruzar las avenidas, vigilar que no haya malintencionados merodeando... es difícil habitar la ciudad en nuestros días.
Al instante de mirarlo, sintió en su espalda un leve escalofrío, ¿harían 6, 8, 9 meses de no contacto, de luchar contra sí para olvidar sus palabras, su genio, sus caricias? Había cambios en su vida, sí, pero él aún habitaba sus pensamientos, sus noches húmedas y los días de nostalgia seguían girando alrededor de lo que no fue y pudo haber sido.
Decidió terminar pronto con el embarazoso encuentro. Ya frente a frente se percató de que venía acompañado de alguien, lo reconoció casi cuando la saludaba con un beso en la mejilla. No importaba en realidad, trató de mantener la mirada abierta, demostrar estabilidad, descuido en el encuentro, vaguedad de emociones. Al contacto con él, sonrió con intensidad pero bajito pues lo descubrió temblando: sabía que aún lo tenía en sus manos.
Confiada entonces adquirió control sobre la situación: habló de la meditación reciente y sus planes de cómo adquirir complacencia propia, cómo abastecería a su ego, a su interminable necesidad de satisfacción y cómo NO pensaba más en nada más. Él sin en cambio tartamudeó un poco, movía la mirada constantemente y no disimuló en nada el placer que le daba encontrarse.
Ella lanzó la primer despedida: él simplemente agachó la mirada, aceptó en silencio la separación y le pidió al compañero continuar el camino. El compañero sonreía con sorna y franca ironía. Ambos marcharon rápido y ella al dar la espalda sintió que las órbitas oculares se ahogaban en lágrimas: no dejaba de repetirse que algún día, algún día...
La segunda de diez formas de ver la misma cosa
La chica del nombre al viento y coronas en su haber descendió ligera e impasible del metrobus, avanzó unos metros distraída y de pronto encontró sus ojos con los del pendenciero que alguna vez amante suyo fue.
La chica del nombre al viento y coronas en su haber titubeó un segundo, milésimas para ser exactos: encontró que el pendenciero iba acompañado de otro más pendenciero, un compinche incondicional, testigo fiel del encuentro y arbitro imparcial, al fin y al cabo, de todo el sereno trascender de semejante aurora en pleno nacimiento de la noche, con fría lluvia y tráfico horrible de hombres de oficina desesperados por llegar a un sitio más cálido que la calle.
Las palabras no importaron, tampoco las bocas nerviosas ni los movimientos tensos e indecisos de ambos con la cabeza. El silencio y las miradas cubrían la atmósfera enrarecida por tan enorme electrochoque, trance caído con el fuego de los truenos sobre los árboles a no muchos metros de allí. Con la virtud de los ciegos, el compinche incondicional celebraba su afortunada presencia en desafortunado encuentro y no perdía detalle de bando alguno.
El pendenciero que alguna vez amante fuera de la chica del nombre al viento y coronas en su haber, cerró los ojos y buscó asustado ayuda en su compinche pero lo halló extasiado, babeando intrínseco con la magia de la casualidad y el azar de cupido en expresión terrenal nuevamente y sonrió, anonadado y sofocado. Los tres se despidieron levemente, un abrazo, besos y los mejores deseos transcurrieron lentos sobre el pedestal de la inhóspita estación y caminaron, en sentidos opuestos, a su propio infierno tal cual es.
La chica del nombre al viento y coronas en su haber titubeó un segundo, milésimas para ser exactos: encontró que el pendenciero iba acompañado de otro más pendenciero, un compinche incondicional, testigo fiel del encuentro y arbitro imparcial, al fin y al cabo, de todo el sereno trascender de semejante aurora en pleno nacimiento de la noche, con fría lluvia y tráfico horrible de hombres de oficina desesperados por llegar a un sitio más cálido que la calle.
Las palabras no importaron, tampoco las bocas nerviosas ni los movimientos tensos e indecisos de ambos con la cabeza. El silencio y las miradas cubrían la atmósfera enrarecida por tan enorme electrochoque, trance caído con el fuego de los truenos sobre los árboles a no muchos metros de allí. Con la virtud de los ciegos, el compinche incondicional celebraba su afortunada presencia en desafortunado encuentro y no perdía detalle de bando alguno.
El pendenciero que alguna vez amante fuera de la chica del nombre al viento y coronas en su haber, cerró los ojos y buscó asustado ayuda en su compinche pero lo halló extasiado, babeando intrínseco con la magia de la casualidad y el azar de cupido en expresión terrenal nuevamente y sonrió, anonadado y sofocado. Los tres se despidieron levemente, un abrazo, besos y los mejores deseos transcurrieron lentos sobre el pedestal de la inhóspita estación y caminaron, en sentidos opuestos, a su propio infierno tal cual es.
La primera de diez formas de ver la misma cosa
Después de beber café de baja calidad y tragarme un puñado de muchas calorías con forma de pastel de cuatro chocolates, después de ahondar sobre temas absurdos en un sitio frívolo pero tradicional (aseveración soportada con la visión inequívoca desde muchos o casi todos los ángulos habidos hasta hoy). El conjunto de basura en la vida, el desperdicio de miradas y tiempo acontecía pleno cuando la lluvia arribó.
La fiel compañía que hasta ese instante seguía frente a mí decidió el momento de cerrar el consumo. Solicitó la cuenta y regalo varios centavos de propina para tan nefasto servicio, aunque el consumo lo pagué yo. Finalmente y después de varios intentos de cambiar de opinión al respecto y de distraer nuevamente la mirada en los anaqueles de libros y revistas, salimos del lugar.
La lluvia persistía, la estación destino nuestro permanecía oscura y la distancia se acortaba. No me dí cuenta en qué momento se encendieron los motores de la intuición, los engranes de alarma ante lo inevitable, imposible entender o descifrar si bueno o malo, imposible aún después de sucedido, imposible aún en el sitio final donde la historia guarda cada instante. Por fortuna cada momento importante en la vida que sobresale por alguna razón cualquiera, no puede ser valorado ni tan drástica ni tan polarizadamente.
Tampoco es capacidad de nadie o tarea sencilla la interpretación veraz de los segundos que la humanidad genera. En todos los segundos de todos los minutos de todo el tiempo que pasa, existió y existirá una situación que provoque un cambio irremediable en la vida y destino de alguien. En el instante que vendría algunos minutos después de que los radares de la percepción se encendieran, ella llegó.
Bajó del transporte urbano, camino desenfadada, agitó una vez su cabellera y no desvió la mirada de la mía una vez que la hubo hallado. Tampoco mi corazón quiso comprometerse y sólo disimulo el acelere. El cielo abrió sus puertas y desfallecí.
Caí. Golpee mi cabeza con algo que hizo sangrar mi cráneo y no supe más de mi hasta varios días después. Supe que la maquinaria que no supe interpretar se refería a este incidente. Ella desapareció antes y después de ese instante. Ella dejo su camino de moronas pero el viento lo barrió mientras andaba crudo o distraído y puso la cruz a mi espalda para convertirme en mártir. Usanza plena de la torpeza celestial.
Eso es lo que sé y lo que mi cerebro pretende interpretar, no pienso forzarlo a otra cosa que el no desee, es un ente independiente a mí que tampoco pretendo domesticar, cansado estoy ahora para faenas de talla semejante.
La fiel compañía que hasta ese instante seguía frente a mí decidió el momento de cerrar el consumo. Solicitó la cuenta y regalo varios centavos de propina para tan nefasto servicio, aunque el consumo lo pagué yo. Finalmente y después de varios intentos de cambiar de opinión al respecto y de distraer nuevamente la mirada en los anaqueles de libros y revistas, salimos del lugar.
La lluvia persistía, la estación destino nuestro permanecía oscura y la distancia se acortaba. No me dí cuenta en qué momento se encendieron los motores de la intuición, los engranes de alarma ante lo inevitable, imposible entender o descifrar si bueno o malo, imposible aún después de sucedido, imposible aún en el sitio final donde la historia guarda cada instante. Por fortuna cada momento importante en la vida que sobresale por alguna razón cualquiera, no puede ser valorado ni tan drástica ni tan polarizadamente.
Tampoco es capacidad de nadie o tarea sencilla la interpretación veraz de los segundos que la humanidad genera. En todos los segundos de todos los minutos de todo el tiempo que pasa, existió y existirá una situación que provoque un cambio irremediable en la vida y destino de alguien. En el instante que vendría algunos minutos después de que los radares de la percepción se encendieran, ella llegó.
Bajó del transporte urbano, camino desenfadada, agitó una vez su cabellera y no desvió la mirada de la mía una vez que la hubo hallado. Tampoco mi corazón quiso comprometerse y sólo disimulo el acelere. El cielo abrió sus puertas y desfallecí.
Caí. Golpee mi cabeza con algo que hizo sangrar mi cráneo y no supe más de mi hasta varios días después. Supe que la maquinaria que no supe interpretar se refería a este incidente. Ella desapareció antes y después de ese instante. Ella dejo su camino de moronas pero el viento lo barrió mientras andaba crudo o distraído y puso la cruz a mi espalda para convertirme en mártir. Usanza plena de la torpeza celestial.
Eso es lo que sé y lo que mi cerebro pretende interpretar, no pienso forzarlo a otra cosa que el no desee, es un ente independiente a mí que tampoco pretendo domesticar, cansado estoy ahora para faenas de talla semejante.
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