La chica del nombre al viento y coronas en su haber descendió ligera e impasible del metrobus, avanzó unos metros distraída y de pronto encontró sus ojos con los del pendenciero que alguna vez amante suyo fue.
La chica del nombre al viento y coronas en su haber titubeó un segundo, milésimas para ser exactos: encontró que el pendenciero iba acompañado de otro más pendenciero, un compinche incondicional, testigo fiel del encuentro y arbitro imparcial, al fin y al cabo, de todo el sereno trascender de semejante aurora en pleno nacimiento de la noche, con fría lluvia y tráfico horrible de hombres de oficina desesperados por llegar a un sitio más cálido que la calle.
Las palabras no importaron, tampoco las bocas nerviosas ni los movimientos tensos e indecisos de ambos con la cabeza. El silencio y las miradas cubrían la atmósfera enrarecida por tan enorme electrochoque, trance caído con el fuego de los truenos sobre los árboles a no muchos metros de allí. Con la virtud de los ciegos, el compinche incondicional celebraba su afortunada presencia en desafortunado encuentro y no perdía detalle de bando alguno.
El pendenciero que alguna vez amante fuera de la chica del nombre al viento y coronas en su haber, cerró los ojos y buscó asustado ayuda en su compinche pero lo halló extasiado, babeando intrínseco con la magia de la casualidad y el azar de cupido en expresión terrenal nuevamente y sonrió, anonadado y sofocado. Los tres se despidieron levemente, un abrazo, besos y los mejores deseos transcurrieron lentos sobre el pedestal de la inhóspita estación y caminaron, en sentidos opuestos, a su propio infierno tal cual es.
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