La primera de diez formas de ver la misma cosa

Después de beber café de baja calidad y tragarme un puñado de muchas calorías con forma de pastel de cuatro chocolates, después de ahondar sobre temas absurdos en un sitio frívolo pero tradicional (aseveración soportada con la visión inequívoca desde muchos o casi todos los ángulos habidos hasta hoy). El conjunto de basura en la vida, el desperdicio de miradas y tiempo acontecía pleno cuando la lluvia arribó.

La fiel compañía que hasta ese instante seguía frente a mí decidió el momento de cerrar el consumo. Solicitó la cuenta y regalo varios centavos de propina para tan nefasto servicio, aunque el consumo lo pagué yo. Finalmente y después de varios intentos de cambiar de opinión al respecto y de distraer nuevamente la mirada en los anaqueles de libros y revistas, salimos del lugar.

La lluvia persistía, la estación destino nuestro permanecía oscura y la distancia se acortaba. No me dí cuenta en qué momento se encendieron los motores de la intuición, los engranes de alarma ante lo inevitable, imposible entender o descifrar si bueno o malo, imposible aún después de sucedido, imposible aún en el sitio final donde la historia guarda cada instante. Por fortuna cada momento importante en la vida que sobresale por alguna razón cualquiera, no puede ser valorado ni tan drástica ni tan polarizadamente.

Tampoco es capacidad de nadie o tarea sencilla la interpretación veraz de los segundos que la humanidad genera. En todos los segundos de todos los minutos de todo el tiempo que pasa, existió y existirá una situación que provoque un cambio irremediable en la vida y destino de alguien. En el instante que vendría algunos minutos después de que los radares de la percepción se encendieran, ella llegó.

Bajó del transporte urbano, camino desenfadada, agitó una vez su cabellera y no desvió la mirada de la mía una vez que la hubo hallado. Tampoco mi corazón quiso comprometerse y sólo disimulo el acelere. El cielo abrió sus puertas y desfallecí.

Caí. Golpee mi cabeza con algo que hizo sangrar mi cráneo y no supe más de mi hasta varios días después. Supe que la maquinaria que no supe interpretar se refería a este incidente. Ella desapareció antes y después de ese instante. Ella dejo su camino de moronas pero el viento lo barrió mientras andaba crudo o distraído y puso la cruz a mi espalda para convertirme en mártir. Usanza plena de la torpeza celestial.

Eso es lo que sé y lo que mi cerebro pretende interpretar, no pienso forzarlo a otra cosa que el no desee, es un ente independiente a mí que tampoco pretendo domesticar, cansado estoy ahora para faenas de talla semejante.

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