La sexta de diez formas de ver la misma cosa

La noche caía infalible e inaplazable; las tenues gotas de la lluvia ensombrecian aún más la perspectiva desde la que mi atención atendía el cruce de la calle. No era una noche serena de ninguna forma, acaso podría decirse que la noche era todo excepto serenidad, aún contando con la aparición de múltiples situaciones agradables, no cabría dicho calificativo.

La comprensible torpeza al andar de la gente se magnificaba; los pocos transeúntes que acompañaban indiferentes los pasos que dirigían mi cuerpo, a un tiempo unísono sonaban generando redobles infames en mi estado de ánimo.

La diferencia resaltable entre la forma en que los demás miran a su alrededor y la forma en que yo lo hago, resulta a veces corta pero determinante.

La carestía con que el fruto del almendro caminó al bajar del convoy, me tomó por sorpresa, la coincidencia era suprema, extremadamente agresiva, una burla de la fatalidad. Miré al policía distraido, miré al ave que no vuela junto a mí y lo ví sonreir infame e incontenible. Imagine mi rostro. Imagine su cuerpo cobijado en mi regazo, amante. Imagine que todo era un sueño y decidí comenzar a olvidar.

Hoy no puedo decir que lo haya logrado.

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