Todos los días veo cientos de gente pasar, 12 horas continuas, gente, rostros, de muchos tipos, de muchas formas.
Todos los días la vida me desnuda frente a los demás, es deprimente sentirse tan solo en medio de la multitud, cuidar del orden, cuidar cada paso de las personas, vigilar, ayudar, mantenerte alerta. Rutina, cruda realidad.
Pero a veces llego a percatarme de cosas interesantes, grandiosas: chicos cantando, sonriendo, con la fuerza que solo la juventud otorga, parejas de enamorados destilando miel o la magia de un par de ancianos tomados de la mano para apoyarse a cada paso.
Una tarde me dolía todo el cuerpo, inquieto miraba el reloj de forma constante, pensando cuánto tiempo restaba para irme a casa. No recuerdo si era un lunes o qué día de la semana, pero recuerdo bien que vi bajar del convoy a una chica que llamó poderosamente mi atención: tenía el cabello lacio y crecido abajito del hombro, de ojos pequeños y sonrisa coqueta.
Conforme avanzaba la fui siguiendo con la mirada y noté cómo su rostro cambiaba de impresión y un brillo inmenso brotaba de sus ojos. Volteé interesado por saber qué era lo que la hacía estremecerse así, lo supe de inmediato, dos tipos a punto de cruzar el torniquete sonreían nerviosos y la veían fijamente.
Disimulé y me acerqué tratando de escuchar qué decían; ví que se abrazaron y que la atención la tenía un chico alto, el chaparrito más bien parecía de relleno, un mozo sin trascendencia pero que parecía muy satisfecho de ser parte del encuentro, como si de un festín se tratara.
Debo confesar que nunca había visto a una chica enamorada como a aquella señorita: su mirada impaciente, la boca atrevida y la expresión facial tan radiante en comparación al momento original en había bajado tan sólo segundos antes.
El chico en cuestión, el dueño de aquella memorable reacción se mostraba inquieto también, giraba la vista y trataba de acelerar el encuentro, algo que de verdad no comprendí y menos cuando yo miraba a la chica y la veía tan contenta, tan, tan, tan feliz del encuentro ¿acaso se puede ser tan bruto y no darse cuenta?
Vi que se despedían y que ambos (los protagonistas) no dejaban de mover impacientes el cuerpo, no sabría decirles si de nervios o de emoción o de miedo, en fin, que me quedé no sé por qué con la imagen viva bien grabada en mi cabeza. Lo que son las cosas, verdad de dios.
Hasta el día de hoy tengo grabada la imagen, los instantes, los rostros con sus muecas. Hasta el día de hoy he querido volverla a hallar, a ella o a los chicos, pero no lo he conseguido. Espero que no me cambien pronto de estación.
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