Ella subió al metrobús llena de pensamientos sobre una vía nueva y deliciosa, recién iniciada que prometía satisfacciones constantes, premios personales, para sí misma, para nadie más, eso no era lo importante, la piedra podría girar sin turbaciones mientras las ardillas en la cabeza hicieran lo propio.
Subió llena de palomas en la cabeza, avanzó muchos metros, estaciones necesarias pero mantenía la sonrisa. Al cabo de algunos minutos reconoció el rumbo de hogar en un ligero descuido de la mente al brindarle valor a la vista: su estación próxima estaba. Bajó tranquila del transporte, comenzaba a retomar la interrumpida meditación estableciendo empiricamente la cantidad de atención suficiente a cada motivo de ella: meditar, caminar por la calle, cruzar las avenidas, vigilar que no haya malintencionados merodeando... es difícil habitar la ciudad en nuestros días.
Al instante de mirarlo, sintió en su espalda un leve escalofrío, ¿harían 6, 8, 9 meses de no contacto, de luchar contra sí para olvidar sus palabras, su genio, sus caricias? Había cambios en su vida, sí, pero él aún habitaba sus pensamientos, sus noches húmedas y los días de nostalgia seguían girando alrededor de lo que no fue y pudo haber sido.
Decidió terminar pronto con el embarazoso encuentro. Ya frente a frente se percató de que venía acompañado de alguien, lo reconoció casi cuando la saludaba con un beso en la mejilla. No importaba en realidad, trató de mantener la mirada abierta, demostrar estabilidad, descuido en el encuentro, vaguedad de emociones. Al contacto con él, sonrió con intensidad pero bajito pues lo descubrió temblando: sabía que aún lo tenía en sus manos.
Confiada entonces adquirió control sobre la situación: habló de la meditación reciente y sus planes de cómo adquirir complacencia propia, cómo abastecería a su ego, a su interminable necesidad de satisfacción y cómo NO pensaba más en nada más. Él sin en cambio tartamudeó un poco, movía la mirada constantemente y no disimuló en nada el placer que le daba encontrarse.
Ella lanzó la primer despedida: él simplemente agachó la mirada, aceptó en silencio la separación y le pidió al compañero continuar el camino. El compañero sonreía con sorna y franca ironía. Ambos marcharon rápido y ella al dar la espalda sintió que las órbitas oculares se ahogaban en lágrimas: no dejaba de repetirse que algún día, algún día...
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