En el metrobus

Cuando alcé la vista, un flashback de muerte repentina recorrió mi espalda. Morí respirando y renací caminando, un par de segundos despuecito de mirarla, con otro color de cabello, otro color de vida, otro aroma, el mismo impacto.

Alcé la mirada y chirrió mi cabeza, patinó la lengua insultando el instante, irremediable, forma descabellada de autoreproche por lo que pudo ser y evite serlo, por no sentir arrepentimiento, por dejar en mi hueco personal una profunda reacción de pena por insensibilidad.

Bajé los ojos, miré al suelo, sonreí con los nervios en la piel chinita de puro rebote, cada vez más cerca el segundo que volaría en mil pedazos solo otro par de segundos después, solo después de mirarla de frente y estrecharla y dejar la mente en blanco, lamentable, torpe carisma del desolado. Torpeza expresada sin hablar, sin mímica ni nada.

Desvíe la vista, revolotearon mis ojos arriba, abajo, en diagonal, a la izquierda y a la derecha, rápidamente, imposible no hacerlo. Agradecí por lo bajo el momento, casi juré a la novena estrella en el séptimo cielo de una galaxia que solo existió por ese montón de segundos en un pasillo de metrobús. Sé que el regalo fue un accidente, pero sigo sin comprender porque no hice más.

1 comentario:

  1. El exilio tiene grandes ventajas para la creación literaria, nuevos aires, nuevas lunas, nuevas almas. Tenía mucho que no te leía, reelerte es encontrarte, perderte, reencotrarte y quizá algo más sublime que eso.

    Te dejo un beso azulado con sabor a almendrita

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