Tampoco es el viento. No el soplido templado, a veces frío, que lleva los recuerdos inaplazables a donde no puedan regresar. No es el viento en la escalera quien motiva el avance trepidante del altiplano en mi frente, quien deteriora y arrasa con el bosque imaginario.
La hojarasca sacude los peldaños, pasos lentos trepan, azuzados, torpes e ineptos buscando no saben qué. La maleza en la memoria brota.
Recuerdo tus ojos centrados en mi, tus labios recorriendo uno a uno los poros abiertos de mi rostro, ensalivando nariz, párpados, orejas, vacío intelectual, animal despavorido indefenso, azaroso débil aturdido. Tu lengua recorriendo la mía, los dientes chocando, las copas vacías... Estoy trastornado.
El viento implacable no lo es. Se es dentro de la mirada soñadora que nunca tuvimos, simultáneos, se es con el porcentaje de pasión al máximo, con la derrota en ambos lados a cuesta. Se es, querido Schopenhauer, muy a pesar de nosotros mismos.
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