Con la torpeza razonable de un exiliado, volví al DF. Había (casi) olvidado a los cafres al volante, los vendedores de esquina, la voluntad casi homérica de Iztapalapa y por supuesto, la variedad de comida, golosinas y antojitos que hay por toda la ciudad.
Dicen que hay una suculenta variedad gastronómica en todo el país y es cierto, pero la mejor congregación de todas ellas definitivamente está aquí, en la capirucha.
Ha sido muy grato volver. Serán cuatro semanas de ardua estadía y trabajos forzados. En fin, el silencio bañara mi memoria y el futuro inmediato avanzara lento y dejará salir nuevamente las ojeras.
Tal vez conozca gente que me impida seguir exiliado.
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