Descubro asombrado que tengo mucho que decir; nada mal para un ermitaño hipócrita deambulando en busca de una vida más estable, menos áspera; con mucha pena declaro que hasta incluso siento un compromiso pueril hacia la desintoxicación.
Descubro aún con mayor sorpresa el claroscuro azulado y gris del cielo citadino, el enfoque desinteresado de las banquetas sucias, la paredes grafiteadas suspirando, la rapidez y la asfixia, el ego desnudo, la vida acelerada. La raza me recuerda lo que he dejado pasar.
Los rastros de una existencia renovada seducen los gruesos anales de un efímero, paupérrimo ensayo de treinta y tres años que acumula el ciento por ciento de imágenes en el cerebro. El amanecer es la promesa vuelta realidad, pero el anochecer, la lenta caída de la oscuridad palmo a palmo en el horizonte, ese, ese es el fuego seductor del romancero, la pasión del cortejo entre dos seres desconocidos, la fruta prohibida coqueteando ante el hambriento; esta sed intolerable, intoxicante, es la materia prima de embriagadora y perturbadora moción, fuerte emoción.
Todo inicia con el silencio descubierto; todo termina con la voz a flor de piel y la tortura simple de un capullo abandonado en busca de un vuelo sin descifrar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario