Recién que hube llegado a la península, encontré un solo amigo de importancia, es decir que de verdad pueda considerar y sea digno de mencionar. Tristemente descubrí muy rápido que hay varias, muchas personas de poco seso, estúpidas, que simplemente intentaron obstaculizar y hacer mi instalación difícil: me negaron facilidades, me tiraron pedradas por la espalda, me insultaron (según su debilitado criterio llamarme chilango o wacho es una ofensa, ¡por dios!), aunque en realidad lo que verdaderamente ocasionaron fue que sintiera mucha ternura por ellos, criaturas tan indefensas ante las exigencias reales de estos días sólo pueden representar eso, ternura.
Mérida es un lugar bonito, extraordinario, limpio e impresionante, pero sus habitantes, ¡ay de ellos! tienen, sufren, padecen torpezas mentales, síndromes y complejos de inferioridad terribles y ello mismo se ve reflejado en sus propia organización social, política, costumbres y tradiciones. La gente, mucha de ella, tiene un nivel cultural bastante bajo y esto lejos de ser sorpresa, es un reflejo de lo que pasa en muchos estados y ciudades del país. Nuestra triste realidad como nación.
Igualmente triste resulta que aún haya gente capaz de sentir odio real (sigue dándome una risa de cagarme la frase y el acto en sí) hacia los que emigramos, nuevos residentes, porque las muestras hostiles que mencionaba no son exclusivas hacia los que llegamos del DF, sino de cualquier sitio del país, ¿cómo puede ser que aún exista en las mentes y las costumbres de las familias esa clase de discriminación absurda? Porque además los que la expresan tampoco muestran precisamente algo que pueda darles digamos autoridad para ello, son simplemente inadaptados nacionales, o algo así.
En fin, la moraleja diría yo que puede resumirse en que a menor nivel cultural y seguridad sobre sí mismo equivale la mayor estupidez, bestialidad, torpeza y tantos etcéteras como se les ocurran...
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