Historia

En la miseria habitual que ronda por mi silueta desconsolada, de pronto suele aparecer algún brillo perturbador en situaciones inesperadas, una clase de rayo iónico que atraviesa inmisericorde la sombra lúgubre de la cotidianeidad.

Algunas ocasiones también suelo describir saltos imaginarios donde los giros son interminables, aunque eso más bien se presenta en mis sueños: piruetas frenéticas que me hacen dar feroces empellones a cada segundo sin que siquiera pueda evitarlo. A veces el movimiento ni siquiera es posible, la sobrecarga de adrenalina en mi subconsciente es tal que permanezco paralizado y con un soplo helado recorriéndome la nuca.

Pero también he logrado encontrar la manera de transgredir la personalidad: liberar ese ímpetu desbordante que constantemente se veía atrapado en una celda sin posibilidades. Una celda llamada cuerpo y repugnancia hacia el exterior.

Una noche descubrí que la vida no era vida sin miseria. Esa noche creí percibir el suave y perfumado aroma que enloquece a los miserables, a los acostumbrados a malograr su vida a cada instante, ese suave perfume que nos atrae alguna vez a dejar todo de lado y pervertir nuestras buenas intenciones: esa noche descubrí al miserable que llevo dentro.

Miseria enceguecedora que recubre nuestros pasos sin percatarnos, sin darnos oportunidad de escoger si deseamos o no que nos acompañe; miseria deseosa de pernoctar a nuestro costado, de estrecharnos y aplastarnos como una silvestre mascota que no ha conocido amo alguno.

Dejé que mi cuerpo la absorbiera, que se impregnara de tan grave estupefaciente: dejé que la noche se olvidara de velar mi sueño, dejé que el sol me diera la espalda y ahora dejo a ustedes un trocito de esa historia, aquí, en estás páginas.

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