Amaneció y la espesa niebla cubría gran parte de la visibilidad. Amaneció justo en el instante en que el sueño y la realidad se funden para dejarnos huérfanos de sensaciones.
El arisco malestar en los pulmones, reticente, abstracto, me recorría lentamente la respiración. Una ducha poco relajante y una carrera frenética a 20 kilómetros por hora - promedio-, para llegar a trabajar, completaron el oficio matutino. Una mañana típica, rutinaria, pero con una estrella guardada en la alacena.
Almendrita, un ser de otra alquimia, hecha de subversivos sentimientos y confusos idealismos. Perdida en un mar de confusión -pero ¿quién no lo está?-, atolondrada en sus momentos de alegría y fulminada en sus momentos de extrema tensión. Apasionada, febril y de arrojado corazón: Almendrita había dejado una nota en mi buzón.
Por esto debo confesar, comprendí que el día de hoy tenía una tenue magia desde su génesis. Creo que la mayor parte de las tonteras en que los humanos caemos es la de no confiar en los recuerdos, a veces uno recuerda algo verde cuando en realidad fue azul o viceversa. Yo recuerdo a Almendrita con ojos pequeños y piel velluda, sonrisa fácil y carisma inestable. La recuerdo y ese recuerdo me devuelve hoy la sonrisa al rostro.
Gracias por la carta, Almendrita.
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