
La historia a continuación es más bien una parábola sobre los días oscuros de una adolescencia y como éstos se refrescaron con la blanca aureola de la luna.
Habiéndose montado una abismal oscuridad en el camino, un día avisoré una inesperada señal, una luz incierta que se movía y cambiaba de magnitud conforme mis pasos iban acercándome; mas de pronto, estando a menos de un par de metros de distancia, la atracción que sentía habíase vuelto incesante, incontrolable. Creí percibirla como una imagen paradójica en sí misma, puesta allí de un modo verdaderamente insolente, muestra interminable de la capacidad de estúpidez de un ser humano.
Resolví de pronto ignorarla, dejar que ella me señalara el camino, si es que esa fuese su intención, pero no, de pronto desapareció. Maldije el momento. Era la oportunidad de mi vida y la había dejado escapar. Me pregunté si había sido cierto, si la vida no me jugaba una trastada, que si no habría sido un producto de la imaginación, que si mi vida estaba lo suficientemente desordenada como para estar forjando cosas, pero no, en un relampagueo que sigo viendo cada vez que despierto, cuenta me dí de que no era así, de que después de todo mi vida no estaba tan desamparada, de que el destino guardaba más de una respuesta, de que mi vida era Eliluna, la mujer que mi existencia tendría que rescatar no era un mito, tenía vida y me la entregaría. Era la Luna de Marzo que en diciembre nació.
Y entonces supe que la miseria sabe ser misericorde.
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