Encontré una mirada perdida en la distancia
y la hice mía. Y la derroché.
Me levanté contra los ciegos y los cobardes,
acudí a los vientos más feroces para combatir mi batalla.
Y no triunfé. Y me sentí destrozado.
Aunado al momento, el tiempo se convirtió en mi más feroz enemigo.
Y reaccioné tarde. Y me humillé ante él.
Decidí rescatar de mi entorno el fuego atroz de la juventud
empujando soez la muralla social.
Irreverente descubrí la falsa emoción de los más cercanos.
Destruido acudí a los templos insanos de la soledad
murmurando sinsentidos me acurruqué friolento
en el palacio de la insensatez. Me atoré cientos de ocasiones,
asesiné recuerdos importantes contra la pared más rugosa que hallé.
Y los nudillos sangraban y no me detenían por nada.
Ahora que recobro el aliento, ahuyento con la mano las moscas:
sé que no podré con esta carga, con el aliento fuerte de las mañanas,
con la lluvia podrida ni con el sol a cuestas quemándome la espalda:
sin embargo me quedan aún las caricias que nunca recibí,
los momentos plenos de alegría en que no me reflejé,
los llantos que retuve, absorto en demasía, para dejarlos fluir,
uno o dos magros juegos que no disfruté,
pero lo más importante,
me quedo con las interminables ganas de existir...
de luchar.

y la hice mía. Y la derroché.
Me levanté contra los ciegos y los cobardes,
acudí a los vientos más feroces para combatir mi batalla.
Y no triunfé. Y me sentí destrozado.
Aunado al momento, el tiempo se convirtió en mi más feroz enemigo.
Y reaccioné tarde. Y me humillé ante él.
Decidí rescatar de mi entorno el fuego atroz de la juventud
empujando soez la muralla social.
Irreverente descubrí la falsa emoción de los más cercanos.
Destruido acudí a los templos insanos de la soledad
murmurando sinsentidos me acurruqué friolento
en el palacio de la insensatez. Me atoré cientos de ocasiones,
asesiné recuerdos importantes contra la pared más rugosa que hallé.
Y los nudillos sangraban y no me detenían por nada.
Ahora que recobro el aliento, ahuyento con la mano las moscas:
sé que no podré con esta carga, con el aliento fuerte de las mañanas,
con la lluvia podrida ni con el sol a cuestas quemándome la espalda:
sin embargo me quedan aún las caricias que nunca recibí,
los momentos plenos de alegría en que no me reflejé,
los llantos que retuve, absorto en demasía, para dejarlos fluir,
uno o dos magros juegos que no disfruté,
pero lo más importante,
me quedo con las interminables ganas de existir...
de luchar.
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