Cayó en mis manos un pájaro muerto, por accidente claro, pero muerto al fin. Lo arropé dudoso, creí que era probable que sintiendo un poco de calor entre mis manos, existiría la posibilidad de que la vida le volviera. Insana conclusión en la que reparo ahora, pero en ese instante mis pensamientos estaban verdaderamente optimistas y románticos.
Conforme pasaban los minutos y no veía respuesta, la conciencia me volvía levemente, crecía y crecía, fuerte y contundente y yo me aferraba y me aferraba a la idea de volver a la vida a tan desgraciada criatura. El fenómeno que de pronto me percaté que estaba sucediendo, no me dejó lugar a dudas: lejos de entregarle el calor de la vida, el pajarillo me transmitía el frío mortuorio de quien ya no pertenece a este mundo, de quien las cuentas a rendir lo llevan a otros planos.
Sentí un escalofrío recorrer mi nuca. Sentí que la respiración me flaqueaba y que me costaba trabajo el inhalar y exhalar. Sentí miedo. Y tristeza.
Decepcionado decidí que por lo menos tendría que darle un lugar apropiado al cuerpecillo. Cavé, con un palito que encontré, un pequeño agujero en la tierra de un jardín cerca de donde estaba y lo enterré, le dí santa sepultura pues.
Han pasado algunos días; ha pasado el tiempo y a la vez me he dado el tiempo para recobrar aliento en las ideas y tratar de reconstruir los hechos. En ocasiones tengo la manía de promoverme situaciones extremas que no incluyen precisamente toda la coherencia y cordura necesarias, sin embargo ahora comprendo que es bajo esas circunstancias donde he aprendido más, que es allí donde la vida verdaderamente se presenta, que es allí donde el cuerpo se aleja para que el alma viva completamente libre y a placer.
No sé si exagero o no con lo que aquí platico, sólo puedo asegurar que la muerte es algo igual o quizá más poderoso que la vida: la muerte es en sí la vida.
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