Miro mi rostro húmedo en el espejo empañado, lo miro con el silencio de aquél que no canta en la ducha, de aquél que prefiere callar a entorpecer más la situación; absorto recorro la imagen, el detalle de cada línea, de cada imperfección, de cada rastro que me configura y me hace humano y me hace distinto y me hace perfectamente irrepetible.
Miro el sol con ojos cerrados, con ojos ciegos que sólo sienten el calor y se abandonan a la suerte; siento los ojos retraerse, concentrarse en imaginar cómo sería estar allí, hirviendo en el centro del infierno, flamas y flamas alrededor; miro lo imposible de mirar, temeroso de creer que es cierto lo que veo, temeroso de ahuyentar las imágenes rondando en mi cabeza: sé que miro pero no sé qué mirar.
Tengo alas en el cerebro. Tengo un cerebro con el cuerpo atado a la tierra y la tierra atada al corazón.
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