Miradas

Miro el rostro ennegrecido de la rabia. Lo miro desde cerca, infinitamente desolado, brillantemente oscuro; lo miro con la certeza de que habrá otro día y otra luna, con el otoño a cuestas y el placer de vivir encerrado en un cuarto febril de exaltaciones interminables, de discretas caricias, de añoranzas, de miserias... de sonrisas.

Miro mi rostro húmedo en el espejo empañado, lo miro con el silencio de aquél que no canta en la ducha, de aquél que prefiere callar a entorpecer más la situación; absorto recorro la imagen, el detalle de cada línea, de cada imperfección, de cada rastro que me configura y me hace humano y me hace distinto y me hace perfectamente irrepetible.

Miro el sol con ojos cerrados, con ojos ciegos que sólo sienten el calor y se abandonan a la suerte; siento los ojos retraerse, concentrarse en imaginar cómo sería estar allí, hirviendo en el centro del infierno, flamas y flamas alrededor; miro lo imposible de mirar, temeroso de creer que es cierto lo que veo, temeroso de ahuyentar las imágenes rondando en mi cabeza: sé que miro pero no sé qué mirar.

Tengo alas en el cerebro. Tengo un cerebro con el cuerpo atado a la tierra y la tierra atada al corazón.



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