Historia

En la miseria habitual que ronda por mi silueta desconsolada, de pronto suele aparecer algún brillo perturbador en situaciones inesperadas, una clase de rayo iónico que atraviesa inmisericorde la sombra lúgubre de la cotidianeidad.

Algunas ocasiones también suelo describir saltos imaginarios donde los giros son interminables, aunque eso más bien se presenta en mis sueños: piruetas frenéticas que me hacen dar feroces empellones a cada segundo sin que siquiera pueda evitarlo. A veces el movimiento ni siquiera es posible, la sobrecarga de adrenalina en mi subconsciente es tal que permanezco paralizado y con un soplo helado recorriéndome la nuca.

Pero también he logrado encontrar la manera de transgredir la personalidad: liberar ese ímpetu desbordante que constantemente se veía atrapado en una celda sin posibilidades. Una celda llamada cuerpo y repugnancia hacia el exterior.

Una noche descubrí que la vida no era vida sin miseria. Esa noche creí percibir el suave y perfumado aroma que enloquece a los miserables, a los acostumbrados a malograr su vida a cada instante, ese suave perfume que nos atrae alguna vez a dejar todo de lado y pervertir nuestras buenas intenciones: esa noche descubrí al miserable que llevo dentro.

Miseria enceguecedora que recubre nuestros pasos sin percatarnos, sin darnos oportunidad de escoger si deseamos o no que nos acompañe; miseria deseosa de pernoctar a nuestro costado, de estrecharnos y aplastarnos como una silvestre mascota que no ha conocido amo alguno.

Dejé que mi cuerpo la absorbiera, que se impregnara de tan grave estupefaciente: dejé que la noche se olvidara de velar mi sueño, dejé que el sol me diera la espalda y ahora dejo a ustedes un trocito de esa historia, aquí, en estás páginas.

Otra voz

Te contemplo desnuda
                Soy
                      un cuchillo redondo
                              que te apunta.

Se iluminan los cuadros           Los más lejanos soles resplandecen:
tus muslos     lentos             se abren.

No existe un solo pensamiento
                     Sólo la claridad que nos habita
La decidida vocación del pedernal
                    que a embates repetidos
quemó la historia
               con su llama.

"Música solar" 1984 (Fragmento)
Efraín Bartolomé

Almendrita

Amaneció y la espesa niebla cubría gran parte de la visibilidad. Amaneció justo en el instante en que el sueño y la realidad se funden para dejarnos huérfanos de sensaciones.

El arisco malestar en los pulmones, reticente, abstracto, me recorría lentamente la respiración. Una ducha poco relajante y una carrera frenética a 20 kilómetros por hora - promedio-, para llegar a trabajar, completaron el oficio matutino. Una mañana típica, rutinaria, pero con una estrella guardada en la alacena.

Almendrita, un ser de otra alquimia, hecha de subversivos sentimientos y confusos idealismos. Perdida en un mar de confusión -pero ¿quién no lo está?-, atolondrada en sus momentos de alegría y fulminada en sus momentos de extrema tensión. Apasionada, febril y de arrojado corazón: Almendrita había dejado una nota en mi buzón.

Por esto debo confesar, comprendí que el día de hoy tenía una tenue magia desde su génesis. Creo que la mayor parte de las tonteras en que los humanos caemos es la de no confiar en los recuerdos, a veces uno recuerda algo verde cuando en realidad fue azul o viceversa. Yo recuerdo a Almendrita con ojos pequeños y piel velluda, sonrisa fácil y carisma inestable. La recuerdo y ese recuerdo me devuelve hoy la sonrisa al rostro.

Gracias por la carta, Almendrita.

Galeano

" Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.- El mundo es eso - reveló-. un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con la luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay gente de fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas; algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman, pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende."

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos (fragmento)

Cuatro renglones.

Blanda es la bruma blanca que te abruma
suave, reticente, armoniosa.

Blanda es la serpiente solar que te acalora
y alcalina la piel que lo agradece.


Algo que decir?

No tengo mucho que decir. El tiempo y el espacio en que me tocó habitar este planeta se confunden constantemente con otros momentos, otras geometrías.
Suelo escribir poesía: destellos de lo que pretendo pueda desarmar mis traumas y temores más circunspectos. También suelo flotar entre nubes de alquitrán, beber whiskey con muchos hielos y dejarme atropellar por mi melomanía, esa insana necesidad de tener música cerca, desbordar los sentidos con arreglos bruscos y acordes ingeniosos o complicados, según se prefiera ver.

Tengo libros muy preciados, muchos de ellos sin abrir, debo confesarlo, pero verdaderamente amados; a esos los llamo pecados sin ejecutar, burdas emociones que se congratulan de contagiar idiosincracia fácilmente. Aunque en algunos casos, eso no se cumple a cabalidad y requieren de absoluta contemplación, más allá de concentración.

No tengo mucho que decir, en serio. Más bien creo que el sentido de tener un blog se acerca más a las noches en que los demonios no pueden quedarse dentro, en que sus noches de juergas se vuelven imposibles y generan verdaderas revoluciones en mis ondas cerebrales. La esquizofrenia me ha coqueteado muchas veces y de formas por demás inverosímiles, putescas diría yo. La cavidad dentro de mi cráneo está llena de no pocas personas a la vez, sincronizando sus necesidades con las mías, lo que genera una rotunda mezcla de barbaridades propias de un demente o alienado cuando menos.

Mas cuando pienso en la solemne miseria que nos acaece, sonrío y me desmayo. Murmurando entre ojos la picarezca tonada de los resignados, los cierro y desfundo el arma más poderosa que tenemos: la imaginación. Yo le llamó el tren de la vida. Y así encerrado en mis soliloquios, miro con asombro el infierno que existe dentro, el parteaguas que cada día significan los pasos más pequeños que doy, las sonrisas que no reparto, las palabras que no digo o las emociones que no muestro...

Venga una oportunidad más. Vengan más días con miseria rondando por allí, con nudos en la garganta escuchando en silencio a los demás. Que vengan, yo estaré aquí mientras se pueda, esperando insolente, sin soslayar ideas, con la fuente inagotable del creer en que se puede salir de donde estamos. Venga más... ¿poesía? Ustedes lo deciden, no yo.

Avasallar la nada,
reducir a polvo el sonido puro del silencio
sin preguntas, sin palabras,
pelear batallas sin tregua
angustias sin creencia.

La mañana aún no se acaba:
dejemos el gélido suelo
y con la fuerza que no usamos volemos
               mientras el implacable tiempo lo permita
               mientras la luna alucinante con nosotros viva.


Alborada

Recuperar la calma, el oleaje nocturno entre las sábanas persas que bordea el recinto sin testigos.
Recuperarte, Luna mía, con la intensidad desbordada, al amparo de la villa ciega que nunca dejó de mirarnos; reinvindicarme en la bruma gris, fuerte, testaruda de los años que aún tenemos por venir.

Cumplir una mañana más sin testigos.