La quinta de diez formas de ver la misma cosa

Llovizna, agua ácida. La primera vez que recuerdo haber llorado regresa, cubre mi mente, el inmediato panorama, la melancolía hiere.

Tengo la sensación de estar soñando: desde lo alto miro una imagen del sitio en que me hallo junto a un pingüino caminando, veo formarse gota a gota la lluvia que cae, sigo las miles de trayectorias sentado en la nube negra y me regocija con exceso el palco especial que no sé cómo obtuve.

El transporte público circula con torpeza. Corren los últimos minutos de las últimas horas de la vida de un día de duro trabajo en la ciudad: la ciudad con sus murallas personales, paso a paso; la circulación semilenta contrastante con el ritmo al que viven sus habitantes, sus hijos, los estresados, los que nunca tienen calma, los que siempre tienen prisa. Contraste entre la mirada del policía que cuida la entrada de la estación y los rostros desconocidos con que se cruza a cada segundo, a cada respiro incontenible.

El semáforo se pintó de verde y el convoy avanzó, se detuvo, la gente bajó. El bullicio inundó el sitio y los pasos comenzaron a retumbar inestables, incontenibles, implacables. Me vi andando junto al pingüino, con insoportable lenta velocidad y pasmosa plática insulsa: me vi murmurando algo, una reacción descompuso mi semblante y detenidamente recorrí la escena: allí estaba ella, con la ligereza acostumbrada, con la belleza escurriendo y desafiando las leyes naturales: fiel a su costumbre, no tocaba el piso al caminar, flotaba.

El inminente choque provocó la incontenible caída, aterricé junto a mi, me introduje en mí mismo, me poseí. Suspiré, tomé aire fresco, miré a mi alrededor, la tenía frente a mí, la estrechaba y la saludaba... la miraba asombrado, pero sentía mi piel de gallina tiritar, sentía cómo las emociones suturaban las neuronas y la electricidad truncaba la libertad de pensamiento, la capacidad de reacción. No supe cuando se fue, ni cómo se marchó, sólo sé que la primera noche que recuerdo haber llorado se impregnó en mi presente desde entonces y no se va, no se quiere ir, no me deja en paz... tengo lágrimas retenidas desde entonces porque sé que algo muy dentro ha muerto y no sé cómo hacer desde que ya no está.

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