Visto en retrospectiva cada segundo se erosiona al ritmo de vida, lo cual quiere decir que cada momento de cada habitante en ciudades vertiginosas genera una corta memoria individual, que incluso puede volverse con facilidad colectiva y éstos erosionados momentos aumentan incontenibles las posibilidades respecto a sufrir depresiones en masa.
La ilusión de mirarla se había fugado desde muchas lunas atrás. La apetencia de esa silueta frente a mis órganos oculares se mantenía en niveles insignificantes, lo cual generaba una tensión emocional combatiente. Tampoco la noche no era muy avanzada cuando salí a tomar el aire.
Una lluvia pertinaz calaba, poco, pero lo hacía. El hombre de corta estatura me hablaba de algo que me cuesta recordar, pero que en ese instante me mantenía atento, asumo ahora que era de un tema totalmente intrascendente o de plano que el eclipse que se asomaba arrasaría mi memoria inmediata anterior.
La tensión emocional combatiente aulló y dejó de luchar; una brillantez inusitada inundó mis órbitas oculares, lo cual provocó que se generaran fuertes descargas eléctricas en el cerebro, inútiles búsquedas de escapatoria, escondite, plática, disimulo, invisibilidad. Pero como dije, nada ocurrió, es decir, fue inútil.
El árbol tiró su fruto y recogí el atardecer en la memoria. Con magro resultado y fluidez inofensiva, despedimos uno al otro y al hombre de la corta estatura. El recuerdo cobró nueva vida, otra perspectiva, significados nacidos de un espejismo en el azar, petrificada emoción, torpe desenlace.
La interposición de estos elementos circunstanciales desenlazó varias perspectivas: 1. Alucinación irreverente respecto al futuro; 2. Angustia e intolerancia a la lactosa; 3. Mucha melancolía y añoranza.
Asumiendo que las condiciones climáticas y la compañía del hombre de baja estatura no fueron factores para el desencadenamiento, asumiré que la fatalidad rondó a muy baja distancia del nivel humanamente tolerado y por lo tanto es hora de regresar al pesimismo.
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