Despertar

Venero la ruina en la serpiente bajo la nuca. La raíz, origen del veneno, mancha inviolable, circunscrita en la periferia (que por cierto, ahora recién descubro)

No abandonaré las imágenes del colosal descubrimiento de la figura bajo tus ropas, ni el azul de la marejada con que inundabas la habitación desierta solo con poner un pie encima. No dejaré la cruz postiza en el cerco de la familia ni tampoco dejaré el martirio de sufrirte innecesaria y opaca cuando presente y brillante y deslumbrante cuando oculta te mostrabas. No gritaré más el nombre pero tampoco lo dejaré bajo el cerrojo gris de la memoria marchita, no, no haré semejante barbarie.

Dejaré que la ruta trazada por el deseo sucumba febril y luminosa en los tramos más bondadosos de la esfera marcada por tus pasos; abriré con machete filoso el camino bloqueado por el aliento que escapa de tu boca en las madrugadas y acudiré puntual a la muerte bajo tu custodia malherida pero bañada en pletóricas fuentes de exquisita maldición.

¡Ah catacumba predestinada! Sonreiré al amanecer lechoso con la misma sutileza de los agraciados querubines que visitasen antaño el lecho despojado del calor femenino. Sonreiré y dejaré que las artes insanas carcoman mi cerebelo y en cada mordisco me sabré digerido por volcanes chimuelos y lechuzas de negro ulular.

Consecuencias

Solo con la memoria persiste tu piel. En bandeja de sueños las caricias que ya no tengo acuden inmisericordes a llenar el hueco en las palmas de mis manos, las tan llenas alguna vez de vida y tersa epidermis cabalgando levemente a cada contorno, a cada subida de tono junto a las palabras mencionadas al oído y las ropas destrozadas o caídas.

En contrario caso el reloj de mi vista cobra factura y el anteojo mordaz cubre pretencioso su dominio. El abanico se integra a las diferentes manchas de sobriedad descargada en las penumbras nacidas en consecuencia y ¡oh situación desmedida!, recobra la toalla arrojada al piso en señal derrotera de años pocos atrás.

Quisiera brindarle luz al estancamiento burdo de las minificciones desatadas en mi aureola, dejarle un mazo sintético de vida en colores neón y sacar al gato ahogado para disecarlo y nombrar, gritar, mentar, susurrar, cavilar o explotar tu nombre en mi garganta, mente, sueños y depresiones en lo más alto del sitio de donde algún día caeré para dejar de existir.

Temprano.

La temprana deserción a un hábito añejo puede provocar tirones de salud mental, crisis de nervios y manos mojadas, extremidades escurriendo en un sudor intolerable.

Te deje en una soleada noche a la orilla del mar citadino, estábamos rodeados de fauna urbana e imperiosos templos en ruinas, pretendiendo seguir amando algo que no existía, algo que en la memoria dejaba huella pero inversamente proporcional al gozo, tremendamente proporcional al masoquismo, a la perversión y búsqueda de autodestrucción, tan común, tan de ambos

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Una a pesar de todo

Tampoco es el viento. No el soplido templado, a veces frío, que lleva los recuerdos inaplazables a donde no puedan regresar. No es el viento en la escalera quien motiva el avance trepidante del altiplano en mi frente, quien deteriora y arrasa con el bosque imaginario.

La hojarasca sacude los peldaños, pasos lentos trepan, azuzados, torpes e ineptos buscando no saben qué. La maleza en la memoria brota.

Recuerdo tus ojos centrados en mi, tus labios recorriendo uno a uno los poros abiertos de mi rostro, ensalivando nariz, párpados, orejas, vacío intelectual, animal despavorido indefenso, azaroso débil aturdido. Tu lengua recorriendo la mía, los dientes chocando, las copas vacías... Estoy trastornado.

El viento implacable no lo es. Se es dentro de la mirada soñadora que nunca tuvimos, simultáneos, se es con el porcentaje de pasión al máximo, con la derrota en ambos lados a cuesta. Se es, querido Schopenhauer, muy a pesar de nosotros mismos.

After

Seis días después. La cadavérica intensidad en mi costado baja, se disminuye, incauta introduce sedantes intelectuales y arremete con voltajes variados traducidos en migrañas.

Días de niebla distante, acuosa lealtad infiere dudas, indefinida mazmorra de alto precio. Los ojos que vi ya no son iguales, impropios de quien los posee. Esos ojos perdieron fuego y a cambio aceptaron drama.

Después del encuentro la luna bajó a su punto más cercano a la tierra y tomó de las espaldas el último rastro de alas que me quedaba. Soy humano para siempre, desde entonces.

Ya puedo morir.

En el metrobus

Cuando alcé la vista, un flashback de muerte repentina recorrió mi espalda. Morí respirando y renací caminando, un par de segundos despuecito de mirarla, con otro color de cabello, otro color de vida, otro aroma, el mismo impacto.

Alcé la mirada y chirrió mi cabeza, patinó la lengua insultando el instante, irremediable, forma descabellada de autoreproche por lo que pudo ser y evite serlo, por no sentir arrepentimiento, por dejar en mi hueco personal una profunda reacción de pena por insensibilidad.

Bajé los ojos, miré al suelo, sonreí con los nervios en la piel chinita de puro rebote, cada vez más cerca el segundo que volaría en mil pedazos solo otro par de segundos después, solo después de mirarla de frente y estrecharla y dejar la mente en blanco, lamentable, torpe carisma del desolado. Torpeza expresada sin hablar, sin mímica ni nada.

Desvíe la vista, revolotearon mis ojos arriba, abajo, en diagonal, a la izquierda y a la derecha, rápidamente, imposible no hacerlo. Agradecí por lo bajo el momento, casi juré a la novena estrella en el séptimo cielo de una galaxia que solo existió por ese montón de segundos en un pasillo de metrobús. Sé que el regalo fue un accidente, pero sigo sin comprender porque no hice más.

Vuelta

Con la torpeza razonable de un exiliado, volví al DF. Había (casi) olvidado a los cafres al volante, los vendedores de esquina, la voluntad casi homérica de Iztapalapa y por supuesto, la variedad de comida, golosinas y antojitos que hay por toda la ciudad.

Dicen que hay una suculenta variedad gastronómica en todo el país y es cierto, pero la mejor congregación de todas ellas definitivamente está aquí, en la capirucha.

Ha sido muy grato volver. Serán cuatro semanas de ardua estadía y trabajos forzados. En fin, el silencio bañara mi memoria y el futuro inmediato avanzara lento y dejará salir nuevamente las ojeras.

Tal vez conozca gente que me impida seguir exiliado.

Decisión

La decisión no es sencilla; me parece que el deseo como expresión corporal nacida desde el seno intelectual, es un comportamiento difícil de domesticar, probablemente el mayor de todos. El deseo es la clave para comprender a dónde llevamos o llevaremos nuestros pasos, comprendiendo a la angustia como un proceso mediático para resignarse o impulsarse, según las circunstancias.

Obvio, en mi caso, el deseo se manifiesta en muchas formas; mantengo una desigual pelea contra sus embates y la verdad es que nunca he podido controlar a mi cuerpo, entonces si es un deseo carnal pocas, muy pocas veces me he logrado detener. Ya no digamos siquiera desviar.

Esta disertación parte del supuesto esquema de visualización hacia el futuro del camino a ensamblar para el trayecto de la decadencia, es decir, qué quiere hacer uno en su segunda y última parte de vida... ¿se sigue con la materialización o se detienen esos ingratos anhelos y se busca la reivindicación teórica hacía el ascetismo que siempre soñé? Difícil, muy difícil decisión... me costará por lo menos un buen número de cabellos.

Horror!

La verdad es que suena bastante lógico el renacimiento dinosauresco del PRI. La bandada azul no ha sido nunca suficiente rival y menos ahora que los amigos negroamarillos se la pasan divididos.

Era bastante previsible que todo desembocara así: por un lado la pésima campaña de por medio, de todos, no sólo del blanquiazul, los del PSD y nueva Alianza en realidad solo son cachavotos y lamebotas de quien se deje, así que no había mucho margen de acción.

Lo único que queda preguntarse es: ¿Y todo el circo de la última década fue simplemente para que el PRI tomara un ligero respiro y regrese al poder por otros 70 años más?

Gulp!