Reanudo la batalla interna con un silbido en mis oídos de oro, la llaga crece impaciente, los minutos dejan de pronto de hacer tic tac, reconociendo plenamente su autonomía y la putrefacción que reina en medio de las esperanzas de los medianeros.
La personalidad inquietante: partiendo la mirada en dos, absorbo sensaciones pero no digiero mucho de ellas, más incierto es aún el raciocinio en crepúsculos de azur, en retrospectivas de momentáneos criterios fuera de mi propia circunstancia.
Dejaré recorrer el silbido a mis entrañas, dejaré aumentar el río circundante para que desborde la partitura de sueños fallidos, follados, inmaculados. La reina en el centro de la llama, en el centro de las fallas. La cicatriz amorfa que crece y recapitula, rehace el frente con amazonas, con centellas mataoscuridad.
El tiempo desahogado recobra sentido, el tiempo en que los juegos tenían importancia y el tiempo en que los desollados no existían, es el tiempo de los nuevos príncipes de la salutación. Es el momento de las juergas, el segundo renegado, el encuentro con uno mismo.
Ahora quedo frente al espejo, frente al silencio de las resoluciones, frente al lirismo de la miseria, de la putrefacción inherente a mí.
Humo para respirar, por favor.
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