He tenido excesivo respeto por los recuerdos incómodos que me acosan, por aquéllas situaciones en que me reflejo y no quiero reflejarme, por las astillas clavadas en mi cabeza, por los detalles finos que me cuesta trabajo no tomar en cuenta. He tenido la súbita premonición de sudor continuo, la copa llena de lumbre que chamusca las capas de protección que forjé cuándo joven fui crece sin reparo. He tenido sospechas sostenidas respecto de la gente que me rodea. He ahogado palabras valiosas con un gesto de iracunda indiferencia. He roto las ideas pero he consolidado los ideales, marcado las pautas pero creado senderos nuevos, robado la palabra pero agonizando con el silencio.
He obtenido excesivo placer en el humo, dosificando a grandes cucharadas su infección, partiendo en miles de partículas la indivisible muralla de la coherencia, de la salud por el bienestar... ¿qué demonios importa el bienestar?
Recuerdo que en el tiempo de la lluvia sin razón acosábanme inmensidad de ideas que prontamente convertí en logros de infante sin trascendencia, pero convincentes, para mí al menos, para el cuerpo que porto, para esta presencia que me toca ser ahora, en este instante, justo ahora que me atrevo a escribirlo.
Ahora que reculo sé que he tenido demasiado respeto a lo que menos me interesa, a lo que menos me afecta, ahora acepto que ha sido una protección forzada hacerlo para obtener migajas de pan, para sentir calor en el invierno, para mostrar lo que según sé... según yo claro, pero de cualquier forma sigo así, viendo como caen las cosas del cielo, velozmente. Entiendo que la confesión es grata cuando se tienen argumentos que de alguna forma acrecentan la razón de existir, entiendo que la poesía no crece en maceta de cada vecino, sino en aquellas que se riegan a diario y entiendo que el cuerpo cobra factura en algún momento sin avisar, así sin más, sin decir pronto llegará, sólo se presenta y hay que pagarla de inmediato.
¿Seré suficientemente fuerte?
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