Hablemos ahora del "encanto moderado", esa sutil embarcación de tonalidades descriptivas de la personalidad, pero que no siempre están disponibles; esto es común en hombres huraños, introspectivos, tímidos e incluso algunos nerds. Los geeks son despreciables.
Los intelectuales nunca podrían tener, por ejemplo, esta característica. Debido a su ya consabida indiferencia que les merece el mundo, acaso sea innecesario decirlo, pero su repugnante actitud de "soy intelectual y por lo tanto puedo opinar de todo", siempre arruina la diversión. En fin, la clase intelectual de un país es la más despreciable, incluso más allá de la de los políticos.
Bueno, puede ser que exista una clase más horrenda que la de los intelectuales: ¡la de los editores!
Pasando a situaciones menos delicadas, podríamos mencionar que casos como los músicos e incluso los escritores, más allá de todos los clichés que podamos enfundarles, creo que son los verdaderos artistas por antonomasia. Tal vez los pintores puedan acercarse un poco, pero jamás los escultores o los actores, por ejemplo, podrían jamás tener una personalidad tan compleja y natural, poco forzada o verdaderamente propia como la de los primeros.
El "encanto moderado" es ese precisamente, aquél que existe pero que no se presume, muy cercano al oculto, cerquitita de él, siempre a la sombra de que alguien se acerque para mostrarlo, levemente, como quién no quiere la cosa, pero lo hace... generalmente son sonrisas, frases, brillo en los ojos, sudor o rubor en las mejillas; ese encanto es la muestra del verdadero afecto de una persona ensimismada hacia la que está enfrente. Es la muestra de un sentimiento primitivo, que no hemos ni creo que podamos dejar de lado nunca, al menos como especie humana: es el sello distintivo, sólo que no todos lo muestran con pureza, como lo que verdaderamente es.
Quién lo sepa encontrar, entender y apreciar, habrá ganado un cariño tan sincero como jamás podrá volverlo a hallar.
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