Shhh!

La noche del 30 de septiembre descubrí con claridad que la verdadera razón por la que el silencio tiene razón de existir no se encuentra en los bebederos secos ni en las tardes de otoño aciagas. No, el silencio tiene un secreto cruel grabado en la razón de su existencia: la soledad es su compañera innata, su dama de compañía, su interlocutora perfecta. El silencio es la vigilia que siempre nos acompaña, el incierto momento de ocultismo donde el cuerpo se desmorona y se reconstruye dentro del abismo de la existencia.

La miseria sólo es una nota. El silencio es la banda sonora completa de nuestros días.
¿Cuánto tiempo estamos completamente en silencio al día? ¿Realmente existen esos momentos en nuestros días? ¿Los necesitamos?

Acudo frágil a la morada del águila. Acudo con el cuerpo maltrecho a buscar masoquismo barato, de ese que todos disfrutamos cuando nos quedamos callados, cuando compramos piratería o sobornamos a los policías; de ese que envenena a la sociedad cuando no reprocha ni reclama las infamias de los políticos. Somos una miserable sociedad que se limita a buscar agua en el desierto y se conforma con charquitos olvidados por los depredadores más grandes.

Digo que el silencio es la banda sonora de nuestros días, que la razón de nuestra sociedad esta sumergida en el terror de la inseguridad, en la capa de corrupción con que nos cubrimos cada noche, en la ceguera de quienes nos hacemos los ciegos y en la fetidez de quienes nos marchamos para siempre de este país sin dejar rastro alguno. Y al final, ¿quién está libre de culpa que no ha tirado la primera piedra?


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