Hubo un estallido. Por un segundo las llamas lo rodearon todo: el inclemente crepitar se volvió el único sonido en la atmósfera.
Recorrí con mi lengua tu garganta. Descubrí que el fuego al exterior estaba helado, grumoso. Comprendí que los latidos eran reales, que la fauna en tus ojos era cierta y que la sombra que bordeaba tu silueta era el imán contra el que nada podía yo hacer.
Levanté con nerviosa actitud los ojos hacia la ventana: tenía miedo, un terror indescriptible recorría mis uñas y los pies eran un par de hierbas flojas, sin rígidez. Caí estupefacto. Y así como caí me levanté de un salto y grité desmembrandome las cuerdas vocales... Es lo último que recuerdo, ahora sabes que seré tu esclavo por el resto de mis días, esposa mía.
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