Soñador irremediable que soy, al oleaje de las circunstancias y al afán de reparar lo desmadrado, dejé pasar las espinas hasta tocar hueso. Debí detener el yugo cuando la marea adormilada lo permitía.
Soy ecléctico y soy huidizo. Me cuesta abrir la puerta, me duele la cabeza, el alma. Me duele ya no ser el que solía ser.
Al descubierto
Música. Basura en el ojo traidor que mira lo que no deseo.
He rehuído durante mucho tiempo lo inevitable, arguyéndome que aún no es tiempo, que la situación no es la ideal, que las probabilidades de estirar un poco más la espera aún están allí, pero no, se han ido.
Las probabilidades han volado ocultas en una penumbra perturbadora que acechó sin misericordia durante muchos días y muchas horas, sigilosa, depredadora. Pienso ahora que la relación motriz entre la saña de la miseria y el acostumbrado sentimiento depresor fueron los móviles precisos para semejante camuflaje. También advierto que la bonanza que tanto se prolongara en mi pasado inmediato ha sido contundente a la hora de revertir el karma.
Mas no me resulta en nada extraño el misterio de su llegada. Su revelación acaso me provocó una agitada ansiedad pero a la vez una resaca corta, casi imperceptible. La vista es implacable, es una rotonda despiadada donde las cenizas de los recuerdos prometidos se han fundido uno a uno y a los cuales no les entregué la dedicación necesaria, la despedida y ofrenda que merecían.
Me abandoné demasiado al fatalismo, he dejado en exceso que las olas clandestinas movieran las circunstancias a mi alrededor, pero no puedo escapar a mi propia realidad, a mi propia certeza. Sería intolerable bajar los brazos ahora. Siempre he sido un prematuro.
La voluntad apremia. Es correcto que la sinrazón está cerca y que la vanguardia en mi pensamiento se ve amenazada: ¿acaso ser trágico será el techo de mi propia atmósfera?
He rehuído durante mucho tiempo lo inevitable, arguyéndome que aún no es tiempo, que la situación no es la ideal, que las probabilidades de estirar un poco más la espera aún están allí, pero no, se han ido.
Las probabilidades han volado ocultas en una penumbra perturbadora que acechó sin misericordia durante muchos días y muchas horas, sigilosa, depredadora. Pienso ahora que la relación motriz entre la saña de la miseria y el acostumbrado sentimiento depresor fueron los móviles precisos para semejante camuflaje. También advierto que la bonanza que tanto se prolongara en mi pasado inmediato ha sido contundente a la hora de revertir el karma.
Mas no me resulta en nada extraño el misterio de su llegada. Su revelación acaso me provocó una agitada ansiedad pero a la vez una resaca corta, casi imperceptible. La vista es implacable, es una rotonda despiadada donde las cenizas de los recuerdos prometidos se han fundido uno a uno y a los cuales no les entregué la dedicación necesaria, la despedida y ofrenda que merecían.
Me abandoné demasiado al fatalismo, he dejado en exceso que las olas clandestinas movieran las circunstancias a mi alrededor, pero no puedo escapar a mi propia realidad, a mi propia certeza. Sería intolerable bajar los brazos ahora. Siempre he sido un prematuro.
La voluntad apremia. Es correcto que la sinrazón está cerca y que la vanguardia en mi pensamiento se ve amenazada: ¿acaso ser trágico será el techo de mi propia atmósfera?
Paracaídas
Para Irene Barcenas
La vida en caída libre, simulacro más nítido aún que el sueño mismo.
La tarde junto al parque es consistentemente personal, ensimismado cubro de pensamientos todo el sendero, ignoro a los demás, no hay nadie, no hay autos, no casas, no parque. Pasos aislados, música envolvente. Albricias para todos, nadie puede verme.
Caída libre simula un pasadizo secreto; los autos esquivan mi presencia, los conductores asimilan la humareda frente a ellos, se familiarizan, retienen el aire y expulsan oscuridad en mi rostro. Aumentan mis ganas de gritar.
Sé que la impotencia y esa mayúscula soberbia es la que agiganta la separación. El mundo es uno y yo tengo uno diferente; las coincidencias son lejanas y la lejanía conlleva a una mejor estadía con uno mismo. También es cierto que se requiere el roce humano, pero si éste llega por la música para mi mejor.
Cuando las hebras de la identificación con el círculo social se han roto es difícil continuar colaborando con entusiasmo. Es difícil aportar cuando los oídos están cerrados y peor aún cuándo tienes un profundo traumatismo hacia el contacto directo con los demás. La depresión se vive intensamente, pero si no es manejada de forma correcta puede generar estragos de fuerte consideración.
La vida en caída libre, rompe las barreras del sueño que todos hemos tenido, caemos y caemos y caemos y la cama se mueve y gira y no se detiene hasta que el sobresalto llega y nos despierta. A veces, algunos iluminados no despiertan.
"Parachute"
Sean Lennon
Love is like an aero plane
You jump and then you pray
The lucky ones remain
In the clouds for days
If life is just a stage
Let's put on the best show
And let everyone know
Cause if I have to die tonight
I'd rather be with you
Cut the parachute before the dive
Baby don't you cry
You have to bring me down
We had some fun before we hit the ground
Love is like a hurricane
You know it's on the way
You think you can be brave
Underneath the waves
If life is just a dream
Which of us is dreaming
And who will wake up screaming
Cause if I have to die tonight
I'd rather be with you
Cut the parachute before the dive
Baby don't you cry
You have to bring me down
We had some fun before we hit the ground
Cause if I have to die tonight
I'd rather be with you
Cut the parachute before the dive
Baby don't you cry
You have to bring me down
We had some fun before we hit the ground
Cause if I have to die tonight
I'd rather it was you
Cut the parachute before the dive
Baby don't you cry
You have to bring me down
We had some fun before we hit the ground
La diez de diez formas de ver la misma cosa
Con el aire podrido en los pulmones, intoxicado de añoranzas y cabizbajo por la lluvia ininterrumpida, avanzaba a grandes zancadas junto al incondicional mequetrefe de incontables andadas y serias metidas de pata.
Avanzaba y avanzaba, el reloj no interrumpía su caminar. Tampoco los charcos y los semáforos me impedían avanzar. Llegué al torniquete, la miré, me miró, cruce los dedos y susurré una maldición. Segundos que fueron horas y horas que lanzarían maldiciones durante muchos días después. Mequetrefe sonriente, almendrita triunfante, despampanante e inteligente, asesina.
Mequetrefe sonriente, chambón. Estúpido yo con la espada guardada y los caminos del azar en la misma tramposa situación. Soy inestable.
Dejé la bebida hace mucho tiempo atrás, pero ahora caería bien un whisky.
Avanzaba y avanzaba, el reloj no interrumpía su caminar. Tampoco los charcos y los semáforos me impedían avanzar. Llegué al torniquete, la miré, me miró, cruce los dedos y susurré una maldición. Segundos que fueron horas y horas que lanzarían maldiciones durante muchos días después. Mequetrefe sonriente, almendrita triunfante, despampanante e inteligente, asesina.
Mequetrefe sonriente, chambón. Estúpido yo con la espada guardada y los caminos del azar en la misma tramposa situación. Soy inestable.
Dejé la bebida hace mucho tiempo atrás, pero ahora caería bien un whisky.
La novena de diez formas de ver la misma cosa
Visto en retrospectiva cada segundo se erosiona al ritmo de vida, lo cual quiere decir que cada momento de cada habitante en ciudades vertiginosas genera una corta memoria individual, que incluso puede volverse con facilidad colectiva y éstos erosionados momentos aumentan incontenibles las posibilidades respecto a sufrir depresiones en masa.
La ilusión de mirarla se había fugado desde muchas lunas atrás. La apetencia de esa silueta frente a mis órganos oculares se mantenía en niveles insignificantes, lo cual generaba una tensión emocional combatiente. Tampoco la noche no era muy avanzada cuando salí a tomar el aire.
Una lluvia pertinaz calaba, poco, pero lo hacía. El hombre de corta estatura me hablaba de algo que me cuesta recordar, pero que en ese instante me mantenía atento, asumo ahora que era de un tema totalmente intrascendente o de plano que el eclipse que se asomaba arrasaría mi memoria inmediata anterior.
La tensión emocional combatiente aulló y dejó de luchar; una brillantez inusitada inundó mis órbitas oculares, lo cual provocó que se generaran fuertes descargas eléctricas en el cerebro, inútiles búsquedas de escapatoria, escondite, plática, disimulo, invisibilidad. Pero como dije, nada ocurrió, es decir, fue inútil.
El árbol tiró su fruto y recogí el atardecer en la memoria. Con magro resultado y fluidez inofensiva, despedimos uno al otro y al hombre de la corta estatura. El recuerdo cobró nueva vida, otra perspectiva, significados nacidos de un espejismo en el azar, petrificada emoción, torpe desenlace.
La interposición de estos elementos circunstanciales desenlazó varias perspectivas: 1. Alucinación irreverente respecto al futuro; 2. Angustia e intolerancia a la lactosa; 3. Mucha melancolía y añoranza.
Asumiendo que las condiciones climáticas y la compañía del hombre de baja estatura no fueron factores para el desencadenamiento, asumiré que la fatalidad rondó a muy baja distancia del nivel humanamente tolerado y por lo tanto es hora de regresar al pesimismo.
La ilusión de mirarla se había fugado desde muchas lunas atrás. La apetencia de esa silueta frente a mis órganos oculares se mantenía en niveles insignificantes, lo cual generaba una tensión emocional combatiente. Tampoco la noche no era muy avanzada cuando salí a tomar el aire.
Una lluvia pertinaz calaba, poco, pero lo hacía. El hombre de corta estatura me hablaba de algo que me cuesta recordar, pero que en ese instante me mantenía atento, asumo ahora que era de un tema totalmente intrascendente o de plano que el eclipse que se asomaba arrasaría mi memoria inmediata anterior.
La tensión emocional combatiente aulló y dejó de luchar; una brillantez inusitada inundó mis órbitas oculares, lo cual provocó que se generaran fuertes descargas eléctricas en el cerebro, inútiles búsquedas de escapatoria, escondite, plática, disimulo, invisibilidad. Pero como dije, nada ocurrió, es decir, fue inútil.
El árbol tiró su fruto y recogí el atardecer en la memoria. Con magro resultado y fluidez inofensiva, despedimos uno al otro y al hombre de la corta estatura. El recuerdo cobró nueva vida, otra perspectiva, significados nacidos de un espejismo en el azar, petrificada emoción, torpe desenlace.
La interposición de estos elementos circunstanciales desenlazó varias perspectivas: 1. Alucinación irreverente respecto al futuro; 2. Angustia e intolerancia a la lactosa; 3. Mucha melancolía y añoranza.
Asumiendo que las condiciones climáticas y la compañía del hombre de baja estatura no fueron factores para el desencadenamiento, asumiré que la fatalidad rondó a muy baja distancia del nivel humanamente tolerado y por lo tanto es hora de regresar al pesimismo.
La octava de diez formas de ver la misma cosa
Supongo que cuando nos vimos hubiéramos podido apostar que cualquier cosa pasaría, menos esa.
Él y yo ya habíamos recorrido ese camino antes, y como no había pasado, no había forma de haber hecho la pregunta… “oiga mi chavo, y si un día, ya sabes, fuéramos caminando por aquí y nos encontráramos a you-know-who”… insisto, jamás lo hubiéramos pensado.
Yo, si, YO que puedo presumir acá bien sabrosamente de saber cómo estuvo el pedo, de haber aprovechado todas y cada una de las oportunidades para cargarle calor a Él y peor aún, de haber intentado halagar a Ella con uno de mis “pensamientos”, supe claramente lo que significó aquella frase, esa que soltó a quien seguiremos llamando solamente Él, esa que pronunció mientras me volteaba a ver como preguntando ¿qué hago? Porque Él mismo no sabía qué hacer y se le notaba en la cara, así que en dos segundos dijo: hiiii, ¡valió madres! y me volteó a ver con la interrogación en la cara, a mí solo me quedó un segundo para ver el porqué de todo eso… y ahí venía, era imposible hacernos pendejos y evadirla, era imposible porque Él se había clavado en el suelo y porque Ella llegó tan dueña de si como siempre, lo saludó, me saludó (pudo no hacerlo, nadie se habría dado cuenta) y desaparecí… no por que me hubiera ido, sino porque ya no existía nada ni nadie alrededor de ellos dos, yo hubiera podido brincar alrededor de ellos y estoy seguro que seguirían reaccionando igual, Él balbuceó apenas algo y ella, dándose cuenta que aún ejercía poder sobre Él le dijo algo con evidente doble intención: “¿sabes? Hace poco me acordé de ti, porque fijate que shala la shala la…” la mirada de Él se iluminó y su sonrisa se hizo más evidente, al final estoy seguro de que mientras se debatía en su interior para intentar una respuesta a la altura, no pudo y nomás se la pasó balbuceando y Ella, aún entera, se despidió dejándolo derrotado e impotente.
Solo YO me di cuenta, fui privilegiado con el único boleto disponible para el espectáculo que significa un reencuentro, testigo mudo de esas miradas que solo pueden existir entre viejos enamorados que aún soplan en las cenizas intentando reavivar aquella llama… o quizá no, quizá sea una mamada y yo solo quiera sentirme un poquito importante.
Él y yo ya habíamos recorrido ese camino antes, y como no había pasado, no había forma de haber hecho la pregunta… “oiga mi chavo, y si un día, ya sabes, fuéramos caminando por aquí y nos encontráramos a you-know-who”… insisto, jamás lo hubiéramos pensado.
Yo, si, YO que puedo presumir acá bien sabrosamente de saber cómo estuvo el pedo, de haber aprovechado todas y cada una de las oportunidades para cargarle calor a Él y peor aún, de haber intentado halagar a Ella con uno de mis “pensamientos”, supe claramente lo que significó aquella frase, esa que soltó a quien seguiremos llamando solamente Él, esa que pronunció mientras me volteaba a ver como preguntando ¿qué hago? Porque Él mismo no sabía qué hacer y se le notaba en la cara, así que en dos segundos dijo: hiiii, ¡valió madres! y me volteó a ver con la interrogación en la cara, a mí solo me quedó un segundo para ver el porqué de todo eso… y ahí venía, era imposible hacernos pendejos y evadirla, era imposible porque Él se había clavado en el suelo y porque Ella llegó tan dueña de si como siempre, lo saludó, me saludó (pudo no hacerlo, nadie se habría dado cuenta) y desaparecí… no por que me hubiera ido, sino porque ya no existía nada ni nadie alrededor de ellos dos, yo hubiera podido brincar alrededor de ellos y estoy seguro que seguirían reaccionando igual, Él balbuceó apenas algo y ella, dándose cuenta que aún ejercía poder sobre Él le dijo algo con evidente doble intención: “¿sabes? Hace poco me acordé de ti, porque fijate que shala la shala la…” la mirada de Él se iluminó y su sonrisa se hizo más evidente, al final estoy seguro de que mientras se debatía en su interior para intentar una respuesta a la altura, no pudo y nomás se la pasó balbuceando y Ella, aún entera, se despidió dejándolo derrotado e impotente.
Solo YO me di cuenta, fui privilegiado con el único boleto disponible para el espectáculo que significa un reencuentro, testigo mudo de esas miradas que solo pueden existir entre viejos enamorados que aún soplan en las cenizas intentando reavivar aquella llama… o quizá no, quizá sea una mamada y yo solo quiera sentirme un poquito importante.
La septima de diez formas de ver la misma cosa
No esperaba encontrarme con ella. No esperaba un frente a frente tan voraz, de tan rauda intensidad.
El acompañante sonreía y sonreía, irónico, cabildeando entre lo imposible de tan acertada coincidencia y la sordidez del azar implicado en la conjugación de tantos elementos para tan esplendoroso resultado.
Esperaba muchos otros diferentes esquemas para un reencuentro que sabía, perfectamente, que sucedería, sin brújula ni pretensión de exactitudes, navegaba entre la inocencia de saber que el día prometido llegara y toda la tensión, nervios, ansiedad del chiquillo antes del regaño.
Camuflaje sentimental, arroyo de alegrías y derrota del capital. Caerá el momento en que el recuerdo se encuadre y las orillas que tocaron fondo se crucen por vez final entre los intereses picados para evitar un suicidio.
Y no habrá lluvia alguna que impida un entrecejo mayor.
El acompañante sonreía y sonreía, irónico, cabildeando entre lo imposible de tan acertada coincidencia y la sordidez del azar implicado en la conjugación de tantos elementos para tan esplendoroso resultado.
Esperaba muchos otros diferentes esquemas para un reencuentro que sabía, perfectamente, que sucedería, sin brújula ni pretensión de exactitudes, navegaba entre la inocencia de saber que el día prometido llegara y toda la tensión, nervios, ansiedad del chiquillo antes del regaño.
Camuflaje sentimental, arroyo de alegrías y derrota del capital. Caerá el momento en que el recuerdo se encuadre y las orillas que tocaron fondo se crucen por vez final entre los intereses picados para evitar un suicidio.
Y no habrá lluvia alguna que impida un entrecejo mayor.
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