Viaje inusitado

Ayer viajé junto a un ángel, en el metro. Tenía la piel blanca, suave, boca pequeña y ojos tristes.

Sonreía con dificultad, se notaba que no era lo que más hacía. Se notaba que tenía un mundo destrozado a sus espaldas y que la balanza entre emociones blancas y oscuras, era negativo. Sus manos eran tersas y su pelo brillaba con naturalidad. El segmento más importante era su espalda, justo la indicada para cargar con un par de alas, el espacio necesario, el vigor exacto.

Un viaje para no olvidar.

Ajúa!!

Encontré un velociraptor enmedio de la sala. Lo anduve mirando desde la cocina, cauteloso, con amarga emoción, como quien sabe que la mafia está a un paso de atraparlo y que una vez que eso pase, ¡zas!, guillotina, sangre, dolor, ¡muerte!

Pero el velociraptor estaba inmóvil, sereno, desconectado pues; no sabía si dar un paso adelante o hacia atras. Miraba a todos lados, desconcertado, ingenuo hasta cierto punto, diría yo. De pronto emitió un sonido extraño, una especie de gruñido o algo así, brincó sobre el sofá, chocó contra la pared, movió la cabeza y salió disparado por la puerta principal.

Corrí lo más rápido que pude hacia allá, mas cuando salí ya no había rastro de él; instantes después escuché unos gritos a lo lejos, pero no pude identificar de donde provenían exactamente. Así que entré de nuevo a la casa, eché un vistazo para cuantificar desperfectos, y al ver que no eran demasiados, me puse a dormir placidamente en el sofá.

¡Vaya miseria!

La lluvia hecha mujer

Conocí a la lluvia hecha mujer, una selva humana hecha de ligeras gotas de agua cristalizada, que revientan y se regeneran a cada milésima de segundo; la conocí envuelta en una mascada café, con figuras simiescas trepando hasta su pelo y dueña de unos ojos abismales mirando a su alrededor con la sorpresa de un recién nacido.

Aggg.

Magia en el infierno

Hace varios meses que no escribía por acá. Mi blog estaba olvidado y la verdad es que no tenía mucho que decir, así que para qué hacerle al maje y escribir por escribir, ¿no?

Sin embargo, creo que es importante recuperar los hábitos después de un tiempo de obligado descanso. A mi me parece de lo más natural mantener lo más presente posible, aquellas cosas que dejamos a medias por una circunstancia u otra.

Pero dejemos el rollo y vayamos a lo que nos truje. Sucede que, en esta miserable vida que me ha tocado vivir, me suceden situaciones que de pronto son difíciles de comprender, por lo extraño o perturbadoras que llegan a ser. Por ejemplo, un día me llamó la muerte por teléfono, sí, es verdad, la mismísima muerte: Sonó el teléfono, contesté, ¿bueno?, y escuché una voz desnuda, sin ningún tipo de tono o acento diciéndome, ya estás cerca, muy cerca de mis brazos. Primero no entendí nada, la comunicación se cortó y dí por hecho que se trataba de una broma; pero en la noche, soñé que me asesinaban unos maleantes por no quererles dar las llaves de mi nave, ¿o sea, qué otra interpretación encuentran?

En otra ocasión encontré en la calle a dos perros dándose cariño y aunque ustedes podrán decir, ¿y eso que tiene de extraordinario?, a ver, quiero que alguien me diga si esos perros los invitaron a unirse, a hacer un tercio pues... ahh verdad! Y así fue, palabras más palabras menos, dijeron guauu guauguaguagu guaguag guaggggua.... ¿acaso no es eso una muestra de que de verdad les interesaba que me uniera??

Y así sucesivamente; les podría contar la ocasión en que un cerdo me pidió ayuda en el labrador donde trabajaba un cuate, para no ser asesinado. O cuando un taxi descompuesto me pedía cambio de carburador urgente, que por lo que más quisiera, le consiguiera otro chofer porque el hijo de su tal por cual que lo conducía no le daba buen mantenimiento y lo sobrecalentaba y bueno, para qué les cuento más, ¡imáginense!.

Pero bueno, lo que ahora quiero contarles es que una una piedra preciosa llegó de la nada y se incrustó en el lado izquierdo de mi pecho, con toda la alevosía que eso podría tener. Así fue, llegó, se incrustó y parece que pretende quedarse por mucho tiempo, ¡cómo si yo no tuviera demasiado maltratado el corazón! Aunque bueno, cuando descubrí que se trataba de un cuarzo rosa, verdaderamente hermoso, me conmoví y siento que cada día lo quiero más y más, pero el punto, insisto, es el hecho en sí, el porque llega una piedra preciosa como ésta y se introduce en mi vida. ¡Ah, pero ahora la quiero tanto!

Cuando duermo, la acaricio suavemente, con toda la energía y ternura de que puedo ser capaz si me lo propongo. Al despertar, la miro y me desnudo para ir a la ducha contento y orgulloso de ser su fiel portador. Y sí, debo confesar que tengo miedo de que un día huya y la pierda para siempre, porque sé que me dejará un hoyo tan hondo tan hondo, que bien podrían caber océanos enteros y no llenarían jamás el hueco.

También debo confesar que he notado a veces cierta irritabilidad o indiferencia de su parte, aunque trato de mantenerla lo más contenta posible, y es que a veces, creo que ya estoy demasiado viejo para comportarme de algunas formas, o sea, meloso y más pues, a sabiendas de que siendo más joven no fui de esa forma, ¿por qué ahora debería cambiar mi estilo?? En fin, lo que les decía en el titulo es que en el fondo, para mí ese cuarzo rosa es la magia misma en el infierno de vida que tuve hasta hace unos días.

Y llegó con tanta fuerza, con tanto ahínco, que tal vez sea para quedarse.

Miseria matutina

Hoy me percaté, casualmente y sin intención, de la más singular e inocente forma de amanecer miserablemente: Ver, o en su defecto, escuchar, los noticieros matutinos. No hay manera más irresponsable para con uno mismo de iniciar el día, que atender los noticieros.



Yo le sugiero que haga un alto y analice: ¿qué clase de noticias escuchamos a diario?? ¿Cuántas de ellas son buenas, cuántas malas, cuántas amarillistas o inservibles?? ¡Cuánta paciencia tenemos para escuchar!



Hagamos un alto a este masoquismo insospechado y tratemos de iniciar mejor el día. Y sí, claro que sé que es muy importante estar informado, pero, ¿por qué no mejor leemos el periódico?? Al menos podríamos escoger si la nota vale o no la pena y además, no tendríamos que escuchar toda la perorata del insalvable locutor en turno. Démosle una oportunidad a nuestra salud mental y al estrés para mantenerse en mejores niveles. Leamos más. Seamos más críticos .

Miserable per sé

La primera noche que me sucedió, sentí un horrendo estupor.

La segunda noche fue doblemente horrendo. La tercera ataqué furioso a la pared hasta ensangrentarme los nudillos. La cuarta, desesperado, decidí ver al doctor Mendieta.



Al doctor Mendieta lo conocía de mucho tiempo atrás y le tenía mucha confianza, ¿cuál sería el problema con verlo? Con alguien tendría que desahogarme y tal vez hasta lograba conseguir un buen consejo para llegar al meollo del asunto y en una de esas, hasta lo solucionaba. Todo consistía, me repetía constantemente, en tener confianza, mucha fe y mucha confianza.



Sin embargo, no hubo ni consejos ni pista alguna para nada. Incluso me sentía peor que antes de haber entrado. Me desahogué, claro, pero comprendí que no era eso lo que yo necesitaba; en fin, al caer la tarde concluí que había exagerado las supuestas expectativas de mi visita.



El terror y el insomnio hicieron mancuerna infernal y por ahí de la décima noche sentí que mi vida estaba condenada a desaparecer. Mi semblante era el de un muerto viviente, no, más bien, el de un remuerto vivo, o no sé cómo decirlo, pero tenía las ojeras más pronunciadas que jamás le haya visto a nadie, las mejillas más hundidas y caídas que las de un perro de mercado, al igual que mi cada vez más ínfima corpulencia. Todo llegó al absurdo cuando una tarde, camino al empleo, una anciana me dio un par de centavos, dizque para ayudarme, ¡imagínense!



Mi ya de por sí miserable existencia comenzó a rayar en lo rídiculo: yo no soy de maneras ágiles o demasiado bruscas, no. Más bien creo que lo que soy se debe a mi poca imaginación para hacer cosas como las hacen los demás. Por ejemplo, yo de niño nunca pude aprender a andar en bicicleta o en patines y eso en realidad me importaría un comino, si no fuera porque siempre quise aprender a andar en bicicleta o en patines como los demás; tampoco me importaría si a cambio en la escuela o con las chicas o en los equipos de la escuela o qué se yo, mi incapacidad se viera compensada, pero no fue ni es así, no tengo ninguna cualidad de la que yo pueda decir, ¡que bruto que bueno eres para esto!! no, ninguna, ninguna.



Entonces, en mi condición de personaje gris, crecí tratando de pasar inadvertido siempre que se pudiera. Me horrorizaba el hecho de hablar frente a la gente o ser el centro de atención por unos segundos. Y ahora el horror se inmiscuía de otra forma en mi vida, metiéndose con la intimidad, que es la más grande y sagrada necesidad y condición de todo ser humano, porque ¿qué somos sin nuestra intimidad, sin nuestro rinconcito solitario?? Nada, ¿verdad? Y estas pesadillas que pasan y pasan y lamento decirlo, creo que seguirán pasando, me tienen loco y no sé cómo desprendérmelas...



Un mes ha transcurrido desde que llegué a este hospicio. La último que recuerdo, después de mis anteriores apuntes, es que caí de la escalera cuando un gato se atravesó en mi camino, perdí el conocimiento por unos segundos y cuando intenté levantarme, un intenso dolor sacudió mi pierna derecha, supusé que estaría rota, por lo que me ayudé con el barandal para mantenerme en pie y fue entonces que lo ví, frente a mi, escaleras arriba, imponente, sombrío... y no sé nada más.

La Nelly

Era muy bruja por entonces. Tenía como quince o dieciséis años y entre mis grandes actividades de tiempo libre estaban, a la de a huevo, ver películas porno y chaquetearme la macana: por todo se me paraba y ahí iba yo, corriendo al pinche baño a complacerme sanamente, jeje.



Y fue por ese entonces que conocí al Junior. Ese wey era el clásico que se pasaba el tiempo rondando por las calles a todas horas, agandallando, sólo o con su banda, ese wey no se abría, nel, cero, taloneaba por igual, a todo mundo, siempre, siempre; pero lo que a mí me comenzó a intrigar de ese wey era que seguido andaba paseándose con dos tres rucas chidas, como presumiéndolas, y yo decía, "chale, cómo le hará ese cabrón pa' traer a esas viejas"; o sea, si me sacaba de onda, porque así que dijeras, no mames, qué carita estaba ese wey, pues nel, la neta no creo, pero pu's quién sabe, igual a las viejas les latía.



El Mañas era el que le hablaba de nosotros, nomás de "qué onda" y ya, muy leve; y lo que sea de cada quién, se veía que con sus compas era chido.



Un día que estábamos en la esquina cheleando llegó ese wey a querer agandallar, pero el Mañas alivianó el pedo, sí le tuvimos que invitar una chela para calmar la bronca, pero al final quedamos chido, desde ahí ya nos saludaba a todos, igual, nomás de "qué onda" y ya, pero a mi me seguía creciendo la espinita: ¿cómo le hacía ese recabrón?



Después fue que pasó la fiesta de la Chabela. Aquella vez, ya andaba yo con dos tres chelas encima y la neta, aunque tenía presente que iban a estar los de los "BUK" (o sea, los de la banda del Junior), yo andaba tranquilo porque sólo ibamos a echarnos unos alcoholes y ya, leve. Pero nos picamos y comenzamos a bailar con unas viejas que llevó el Albures; y ahí me ven, danzando chido, porque la neta con las chelas y las rolas que se estaban reventando los del sonido, pues si me prendí chingón.



De pronto que volteo y ¡madres! que la veo: la neta pinche vieja me dejo bien pendejo desde que la ví, creo que hasta la peda se me bajo. Ella estaba parlando con la Lluvia, una vieja que iba en la escuela conmigo y pu's, yo a ella, o sea a Lluvia, si le hablaba chido, bueno, no así chido chido, pero sí más o menos. Y que me lanzo de pinche perro, y es que me dije, a huevo, esa es la chida (la otra chava, no Lluvia), tengo que ir a ver que pedo, chanzón y se arma algo: total, ¿qué se podía perder?



Y sí, la Lluvia se portó chido y me presentó a la Nelly, pero chale, la neta yo ya estaba como en otro pedo, no sé, estaba bien wey viéndola, su cara bien pintadita, su pelo esponjado con fleco de tubo y todo, los ojos delineados de negro, bien marcados, machín, los labios rojos, rojos. Su chamarra de piel medio guanga y unas mallas rosas o algo así, bien apretadas; se veía rica, lo que sea de cada quién: tenía unas pinches nalguitas, paraditas, paraditas... y la neta, de cara estaba rebien y no era mamona, nel, o sea, no se creía ni nada, era chida pues la pinche vieja.



Ya no me acuerdo muy bien como estuvo la finanza, el chiste es que de pronto se me salió decirle que me latía un resto y que no iba a descansar hasta conquistarla, así en caliente le canté la sopa completa, pero no sé si lo dije o muy fuerte o alguien pasó por ahí en ese momento o quién sabe qué chingados pasó, el chiste es que de pronto que llega el Albures y qué me dice que ya le llegara porque el Junior me andaba buscando para darme unos cates por perrearle a la novia. Y la Nelly enfrente, o sea, no me podía abrir ¿estás de acuerdo?, porque si no era sentenciarme a perderla por siempre, y chance hasta me madreaban de todos modos. Entonces le dije al Albures que nel, que ni estaba perreando ni nada, y qué si ese wey quería pues nos dabamos en la madre, total.



Pero en eso, ¡madres!, que siento un chingadazo en mi ojo, y entonces si dije, "ay wey, va en serio" y ya que le digo, "¿qué tranza? aguanta, aguanta, ¿cuál es el pedo? no mames, aguanta", pero pinche Junior que iba a aguantar ni que nada, me soltó otro mandarriazo y ya me hice bolita y el que aguantó fui yo, pero unas pinches patadas bien acomodadas.



Al final, ya que se le habían hinchado los pies, qué me dice "Y al chile no quiero ver que ni te acerques a Lluvia, porque te lo parto al doble, hijo de tu bla bla bla"... El paraiso se abrió frente a mí... ¡Su vieja es Lluvia, su vieja es Lluvia, a huevo!! Pero mi júbilo se desmadro cuando de pronto llegó el ojete del Poncharelo a gritarme: "Y al chile a la Nelly ni te le acerques porque ahora te la parto yo, ñero, ¿cómo ves?!"



Y entonces supe que la miseria me sonreía indiscriminadamente.



Armando Ortiz Valencia.