La cuarta de diez formas de ver la misma cosa

Todos los días veo cientos de gente pasar, 12 horas continuas, gente, rostros, de muchos tipos, de muchas formas.

Todos los días la vida me desnuda frente a los demás, es deprimente sentirse tan solo en medio de la multitud, cuidar del orden, cuidar cada paso de las personas, vigilar, ayudar, mantenerte alerta. Rutina, cruda realidad.

Pero a veces llego a percatarme de cosas interesantes, grandiosas: chicos cantando, sonriendo, con la fuerza que solo la juventud otorga, parejas de enamorados destilando miel o la magia de un par de ancianos tomados de la mano para apoyarse a cada paso.

Una tarde me dolía todo el cuerpo, inquieto miraba el reloj de forma constante, pensando cuánto tiempo restaba para irme a casa. No recuerdo si era un lunes o qué día de la semana, pero recuerdo bien que vi bajar del convoy a una chica que llamó poderosamente mi atención: tenía el cabello lacio y crecido abajito del hombro, de ojos pequeños y sonrisa coqueta.

Conforme avanzaba la fui siguiendo con la mirada y noté cómo su rostro cambiaba de impresión y un brillo inmenso brotaba de sus ojos. Volteé interesado por saber qué era lo que la hacía estremecerse así, lo supe de inmediato, dos tipos a punto de cruzar el torniquete sonreían nerviosos y la veían fijamente.

Disimulé y me acerqué tratando de escuchar qué decían; ví que se abrazaron y que la atención la tenía un chico alto, el chaparrito más bien parecía de relleno, un mozo sin trascendencia pero que parecía muy satisfecho de ser parte del encuentro, como si de un festín se tratara.

Debo confesar que nunca había visto a una chica enamorada como a aquella señorita: su mirada impaciente, la boca atrevida y la expresión facial tan radiante en comparación al momento original en había bajado tan sólo segundos antes.

El chico en cuestión, el dueño de aquella memorable reacción se mostraba inquieto también, giraba la vista y trataba de acelerar el encuentro, algo que de verdad no comprendí y menos cuando yo miraba a la chica y la veía tan contenta, tan, tan, tan feliz del encuentro ¿acaso se puede ser tan bruto y no darse cuenta?

Vi que se despedían y que ambos (los protagonistas) no dejaban de mover impacientes el cuerpo, no sabría decirles si de nervios o de emoción o de miedo, en fin, que me quedé no sé por qué con la imagen viva bien grabada en mi cabeza. Lo que son las cosas, verdad de dios.

Hasta el día de hoy tengo grabada la imagen, los instantes, los rostros con sus muecas. Hasta el día de hoy he querido volverla a hallar, a ella o a los chicos, pero no lo he conseguido. Espero que no me cambien pronto de estación.

La tercera de diez formas de ver la misma cosa

Ella subió al metrobús llena de pensamientos sobre una vía nueva y deliciosa, recién iniciada que prometía satisfacciones constantes, premios personales, para sí misma, para nadie más, eso no era lo importante, la piedra podría girar sin turbaciones mientras las ardillas en la cabeza hicieran lo propio.

Subió llena de palomas en la cabeza, avanzó muchos metros, estaciones necesarias pero mantenía la sonrisa. Al cabo de algunos minutos reconoció el rumbo de hogar en un ligero descuido de la mente al brindarle valor a la vista: su estación próxima estaba. Bajó tranquila del transporte, comenzaba a retomar la interrumpida meditación estableciendo empiricamente la cantidad de atención suficiente a cada motivo de ella: meditar, caminar por la calle, cruzar las avenidas, vigilar que no haya malintencionados merodeando... es difícil habitar la ciudad en nuestros días.

Al instante de mirarlo, sintió en su espalda un leve escalofrío, ¿harían 6, 8, 9 meses de no contacto, de luchar contra sí para olvidar sus palabras, su genio, sus caricias? Había cambios en su vida, sí, pero él aún habitaba sus pensamientos, sus noches húmedas y los días de nostalgia seguían girando alrededor de lo que no fue y pudo haber sido.

Decidió terminar pronto con el embarazoso encuentro. Ya frente a frente se percató de que venía acompañado de alguien, lo reconoció casi cuando la saludaba con un beso en la mejilla. No importaba en realidad, trató de mantener la mirada abierta, demostrar estabilidad, descuido en el encuentro, vaguedad de emociones. Al contacto con él, sonrió con intensidad pero bajito pues lo descubrió temblando: sabía que aún lo tenía en sus manos.

Confiada entonces adquirió control sobre la situación: habló de la meditación reciente y sus planes de cómo adquirir complacencia propia, cómo abastecería a su ego, a su interminable necesidad de satisfacción y cómo NO pensaba más en nada más. Él sin en cambio tartamudeó un poco, movía la mirada constantemente y no disimuló en nada el placer que le daba encontrarse.

Ella lanzó la primer despedida: él simplemente agachó la mirada, aceptó en silencio la separación y le pidió al compañero continuar el camino. El compañero sonreía con sorna y franca ironía. Ambos marcharon rápido y ella al dar la espalda sintió que las órbitas oculares se ahogaban en lágrimas: no dejaba de repetirse que algún día, algún día...

La segunda de diez formas de ver la misma cosa

La chica del nombre al viento y coronas en su haber descendió ligera e impasible del metrobus, avanzó unos metros distraída y de pronto encontró sus ojos con los del pendenciero que alguna vez amante suyo fue.

La chica del nombre al viento y coronas en su haber titubeó un segundo, milésimas para ser exactos: encontró que el pendenciero iba acompañado de otro más pendenciero, un compinche incondicional, testigo fiel del encuentro y arbitro imparcial, al fin y al cabo, de todo el sereno trascender de semejante aurora en pleno nacimiento de la noche, con fría lluvia y tráfico horrible de hombres de oficina desesperados por llegar a un sitio más cálido que la calle.

Las palabras no importaron, tampoco las bocas nerviosas ni los movimientos tensos e indecisos de ambos con la cabeza. El silencio y las miradas cubrían la atmósfera enrarecida por tan enorme electrochoque, trance caído con el fuego de los truenos sobre los árboles a no muchos metros de allí. Con la virtud de los ciegos, el compinche incondicional celebraba su afortunada presencia en desafortunado encuentro y no perdía detalle de bando alguno.

El pendenciero que alguna vez amante fuera de la chica del nombre al viento y coronas en su haber, cerró los ojos y buscó asustado ayuda en su compinche pero lo halló extasiado, babeando intrínseco con la magia de la casualidad y el azar de cupido en expresión terrenal nuevamente y sonrió, anonadado y sofocado. Los tres se despidieron levemente, un abrazo, besos y los mejores deseos transcurrieron lentos sobre el pedestal de la inhóspita estación y caminaron, en sentidos opuestos, a su propio infierno tal cual es.

La primera de diez formas de ver la misma cosa

Después de beber café de baja calidad y tragarme un puñado de muchas calorías con forma de pastel de cuatro chocolates, después de ahondar sobre temas absurdos en un sitio frívolo pero tradicional (aseveración soportada con la visión inequívoca desde muchos o casi todos los ángulos habidos hasta hoy). El conjunto de basura en la vida, el desperdicio de miradas y tiempo acontecía pleno cuando la lluvia arribó.

La fiel compañía que hasta ese instante seguía frente a mí decidió el momento de cerrar el consumo. Solicitó la cuenta y regalo varios centavos de propina para tan nefasto servicio, aunque el consumo lo pagué yo. Finalmente y después de varios intentos de cambiar de opinión al respecto y de distraer nuevamente la mirada en los anaqueles de libros y revistas, salimos del lugar.

La lluvia persistía, la estación destino nuestro permanecía oscura y la distancia se acortaba. No me dí cuenta en qué momento se encendieron los motores de la intuición, los engranes de alarma ante lo inevitable, imposible entender o descifrar si bueno o malo, imposible aún después de sucedido, imposible aún en el sitio final donde la historia guarda cada instante. Por fortuna cada momento importante en la vida que sobresale por alguna razón cualquiera, no puede ser valorado ni tan drástica ni tan polarizadamente.

Tampoco es capacidad de nadie o tarea sencilla la interpretación veraz de los segundos que la humanidad genera. En todos los segundos de todos los minutos de todo el tiempo que pasa, existió y existirá una situación que provoque un cambio irremediable en la vida y destino de alguien. En el instante que vendría algunos minutos después de que los radares de la percepción se encendieran, ella llegó.

Bajó del transporte urbano, camino desenfadada, agitó una vez su cabellera y no desvió la mirada de la mía una vez que la hubo hallado. Tampoco mi corazón quiso comprometerse y sólo disimulo el acelere. El cielo abrió sus puertas y desfallecí.

Caí. Golpee mi cabeza con algo que hizo sangrar mi cráneo y no supe más de mi hasta varios días después. Supe que la maquinaria que no supe interpretar se refería a este incidente. Ella desapareció antes y después de ese instante. Ella dejo su camino de moronas pero el viento lo barrió mientras andaba crudo o distraído y puso la cruz a mi espalda para convertirme en mártir. Usanza plena de la torpeza celestial.

Eso es lo que sé y lo que mi cerebro pretende interpretar, no pienso forzarlo a otra cosa que el no desee, es un ente independiente a mí que tampoco pretendo domesticar, cansado estoy ahora para faenas de talla semejante.