Caminar por el fango. ¿De qué sirve tener la genialidad en las palmas cuando sé es incapaz de rodear la suerte con los ojos vendados?
Comprendí hace unos días que la realidad traiciona los sueños la mayor parte de las ocasiones, mas no por mera casualidad, en tanto que uno mismo precisa las circunstancias para que el impedimento sé dé. A cambio debo suponer que el ente social es una marabunta capaz de ingerir el ímpetu antes que la convicción.
¿Tendrá algún sentido concluir que la velocidad a la que se viaja no es precisamente la misma que existirá al momento del aterrizaje?
¿Acaso Rimbaud tenía razón absoluta?
Ser poeta en esencia y presencia puede resultar lo más valorado sólo si tomamos en cuenta que los que llegan a la cima no siempre son precisamente los mejores. Tal vez si algún día llegara a perecer la mafia del control intelectual, vendida y amañada, tal vez entonces crezca la circunstancia. Volvamos de donde venimos, amigos.
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