Viaje público

Dándonos la espalda, recargados mutuamente, dependientes entre sí, los ojos abiertos sin mirar nada, mirando todo y nada: lo que no se ve se siente.

Recorrer el piso, las lámparas, dejar en la memoria recuerdos inútiles sin precisar un sentido, una razón para sofocar de esa manera el baúl de la memoria; mejor sería voltear piensa uno, mejor sería mirarnos de frente, tocar nuestros labios con la yema de los dedos, dejar que nuestros cuerpos se desfiguren, que las palabras sobren, que la imaginación no trabaje tanto, mejor sería, sería...

Una bocanada de humo, un sueño el cigarro que no se tiene y la ansiedad que se manifiesta en sudor sobre las palmas; el silencio incómodo ante el ruido de la gente, el sonido de la radio, la falta de valor para voltear, para atreverse a decir lo que no se sabe, lo que no se tenía previsto: encontrar a la persona esperada y depender de las malditas palabras para expresar el júbilo, la vanagloria, el pudor.

Y mi destino, nuestro destino cada vez más cerca: la incertidumbre comienza a generar leves temblores sobre los brazos: ¿a dónde te guiarán tus pasos? ¿cómo pudimos encontrarnos precisamente aquí, nosotros? ¿encontraré el valor para decirte que aunque no sé tu nombre, tu figura, tu espalda, tu aroma, este o cualquier microbús al que suba hasta el final de mis días me harán recordarte?


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