La medida de nuestras atracciones, el obstáculo primario, la seducción anestesiada, elocuencia radical empotrada en el muro de las paranoias de cada uno, de cada cual.
En realidad, un conjunto de frases inteligentes pueden provocar diferentes sensaciones, pero jamás podrán describir un todo por completo. El lenguaje tendrá por sentado que es una limitante, una herramienta y jamás la solución; cuando destruimos con palabras alguna situación, en realidad nos destruimos a nosotros mismos, pues la situación como tal sigue allí, aislada de la vida misma, repitiéndose incansable durante todos los círculos concéntricos que el tiempo pueda permitirse.
Y allí radica la estima del poeta, del filósofo, del escritor en sí mismo: ¿cómo lograr describir, descubrir, en su completa realidad las escenas, la vida diaria, las ilusiones pragmáticas de la existencia? El poeta atesora el silencio y por eso mejor calla; guarda con celo extremo su responsabilidad hacia la herramienta sagrada; el arte de nombrar no es una bendición, sino al contrario: es la consecuencia de tener la sensibilidad a flor de piel, la mortífera cualidad de sentir en carne propia las emociones como ningún otro lo hace, con la misma discreción con que los años van mermando el cuerpo.
Entonces al poder cualitativo se le viene encima una pretención más: ¿será capaz un ser humano de trasladar con suficiente imparcialidad lo que sus emociones le dictan?
¿Será capaz una pluma de plasmar lo que un cuerpo invadido por la seducción está gritando? La sonrisa de una chica hermosa, el amor entre dos cuerpos, el sabor de una fruta deliciosa o la lluvia en un día soleado, ¿son éstas situaciones que podamos describir en todo su esplendor? ¿Nos es suficiente el lenguaje?
Transmutemos todos los sentidos y hallemos un nuevo lenguje: el lenguaje del silencio, que todo lo dice sin expresar nada.
Mejor aún: olvidemos que alguna vez existió el silencio y ahoguemos las sensaciones con poesía, con letras que con sus limitaciones nos permitan hacernos la vida más respirable.
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