Cierro los ojos, arden por dentro. Cae mi cabeza sobre el respaldo de la silla más incómoda que hallo, la nariz reseca lastima al respirar y la boca me sabe a naúsea. Miro el reloj, el insufrible, caminando, tictaqueando interminable.
Cierro los ojos, la puerta frente a mí es un muro insuperable; cruzo mis brazos y mezo mi cuerpo rígido y tembloroso: me levanto, busco en la oscuridad un cigarro, reflexiono, pensativo observo mi soledad...
La luz se enciende. Llega a mí lentamente la Luna: se declara el toque de queda a su ausencia.
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