Abrir una idea en dos. Depurarla, volverla aciaga de tanto manosearla, de prostituirla con palabras llenas de dudas, de parlamentos insulsos, catastróficos.
Transpirarla. Dejar el pensamiento reposando en laureles, en etéreas formas de argumentación. Validar nuestros sigilos filosóficos con gruñidos de cerdos y tapizar nuestro endeble narciso que tenemos por identidad con ojos lluviosos y epidermis húmeda.
Abrir la transparencia, si acaso existe tal, domesticarla, volverla propia, impía, lúgubre armonía donde reposará el silencio. La poesía soñará que siempre es tiempo de volver, renacer, resurgir.
La poesía, las letras, el terror volverá a vivir.
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