Una noche para recordar.

Estábamos los tres en la habitación; ya eran pasadas las nueve de la noche y comenzaba a llover fuertecito. Cuando recién nos habíamos encontrado minutos antes en la librería, pensamos que la noche y sus secretos serían la compañía adecuada para el encuentro, incluso sabíamos que la complejidad de nuestras pesadumbres ni siquiera asomaría la cabeza para retumbarnos en los oídos lo que llevamos en los hombros.

Así que el primer acomplejado insistió en abrir la cabeza a los juegos de rol. Cada uno de los tres debía de elegir un personaje memorable, sin límites, de cualquier producción y que tuviera unas líneas de diálogo para expresarlas con la voz chillona de un personaje conocido por dos de los tres. Lo cual es en apariencia una desventaja para el tercero, quien al no conocerlo, debía esforzarse más en imaginar la escena; sin embargo logró hacerlo medianamente bien.

No había música en la habitación, solo humo de cigarro, una tetera en proceso de ebullición y un gato con pereza y gordo que rondaba de un sitio a otro. El tercer acomplejado tuvo hambre y sacó pasta del refrigerador, pero solo el primer acomplejado quiso uno poco.

Bastante claro queda que el segundo acomplejado era yo; trataré de abreviar un poco lo de los complejos, porque siempre es bien visto que se otorgue un poco de contexto para no quedar tan lejos de la diversión a la hora de imaginar los momentos, las escenas.

Todo comenzó hace unos años cuando viajando en el auto del tercer acomplejado, comenzó a sonar la canción Dangerous del grupo Roxette; es una canción de rock pop de finales de la década de los ochentas del siglo pasado. Así que no perdimos oportunidad para ensalzar el momento y dejar claramente expresado que considerábamos con justa razón, como un chico pop a nuestro amigo, el tercer acomplejado.

Nuestro amigo no estuvo del todo de acuerdo y comenzó a argumentar que en la radio todo puede pasar, incluso en los momentos más extraños e inesperados; después intentó desviar la atención hacia la progresión de la humanidad durante su paso en el planeta, hecho mediante el cual los humanos cada vez tenemos mayor capacidad de goce e interpretación de todas las ramas del arte. Incluso rozó por momentos, la famosa máxima de que hasta el silencio es musical.

La discusión siguió un buen rato en el auto. Cuando descendimos al llegar a nuestro destino, el primer acomplejado le dijo al tercero:

- Pues no sé lo que diga el segundo, pero yo digo que tu estás acomplejado.

El resultado, fue que el que hoy llamamos tercer acomplejado, alguna vez en realidad fue el primero.

El primer acomplejado de nuestra historia fue el segundo, dando continuidad al criterio. Sucedió días después del incidente de la canción, estábamos degustando goma de mascar en el parque cuando un perrito que había salido a jugar, iba correteando a una rata, la cual pasó despavorida junto a nuestros pies. El primer acomplejado pegó un grito más feo que Doña Francisca y de inmediato comenzó a sudar y sudar a chorros.

Pasados unos segundos, se levantó y nos dijo que camináramos, que por favor no siguiéramos allí. Obvio, nosotros argumentamos estar muy contentos y conformes con el sitio, que incluso lo estábamos disfrutando y que no nos moveríamos a menos que hubiera algo que nos aumentará la sed de partir. El primer acomplejado nos miró aun con el rostro desencajado y se nos quedó mirando, sobrio, inmutable al principio, después más descompuesto y justo cuando creímos que estaba a punto de romper el llanto, el tercer acomplejado se levantó y le tendió un abrazo exclamando:

- Pero tío, ¡si tu eres un acomplejado más cabrón!

Y así el segundo acomplejado surgió de las entrañas de la nada.

Mi inclusión propia en el selecto trío, fue dada por circunstancias de inercia. En realidad es difícil encontrar a una persona no acomplejada, unos pueden vivir por encima de sus complejos, otros viven a expensas de ellos o de plano, mueren a causa de. Simple. No había mucho que descubrir.

Así que estuvimos charlando y seguimos jugando esa torpe dinámica entre los tres hasta que el día siguiente comenzó, es decir, a la media noche. Nos dirigimos al auto del tercer acomplejado, ya que él nos llevaría a feliz destino. Es común entre nosotros bromear, creo que está claro el hecho después de todo lo que he descrito, así que incluso mirar a escondidas los gestos de los otros dos acomplejados, me dejaba en estado hilarante. Y esto no era por cuestión de los rostros en sí, más bien esto se originaba en que ellos pensaban que yo estaba maquinando una forma de molestarlos y se ponían a la defensiva de manera cómica.

El primer acomplejado intentó establecer frente común con el segundo, incitándolo a notar la forma en que me conducía con afán de, según, burlarme de ellos. Nada más lejos de la realidad, sin embargo, tanto el primero como el tercer acomplejado fingieron entender con claridad la forma en que los tomaba, en un segundo a uno, lo trolleaba y seguía con el otro. Estaban más infartados por su incapacidad de defensa que otra cosa, incluso hubo un momento en que el primero acomplejado casi suplicó al tercero en que le atendiera. Pero el tercer acomplejado se mantuvo a raya, entendiendo un poco más la burda situación en la que estábamos en ese instante y como el primer acomplejado intentaba de cualquier forma, romper el trolleo a su existencia, casi con tanto ahínco como el que utiliza para dar pasos por la vida. Lamentable, pero no logró su cometido.

Así que la convivencia terminó cuando casi llegando a mi destino, el tercer acomplejado tuvo hambre y quiso comer una hamburguesa y yo, obvio, les dije que podrían ir a comer hamburguesas tanto como quisieran después de que yo bajara del auto.

Y así fue como me despedí de mis dos más grandes acomplejados amigos en una noche que será memorable, no tanto por los hechos vividos, si no por la manera en que a veces los humanos logran convertir una noche común en algo legendario

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