Un edificio se abría, engreído, creyéndose irresistible en metros a la redonda. Una ventana golpeo con suavidad la cresta y miró de reojo al escote. Un niño pasó a su lado y tropezó, perdiendo hasta el helado. Varios hombres de corbata rieron y suspiraron ante su paso.
Ninguno jamás aspiraría siquiera a mirarle a los ojos.
Ninguno jamás se ilusionó siquiera en pensar en ella más allá del momento, no tenia sentido, no tenía razón.
Los autos disminuían la velocidad con exagerada notoriedad al entrar en su perímetro. Los perros de la calle olvidaron el hambre y juguetearon inspirados a su alrededor. Las mujeres cercanas suspiraron y decidieron agachar disimuladas cada mirada, no en el sentido de sumisión, si en el de resignación. Hay contrincantes que simplemente es imposible vencer en ciertos ámbitos y hay que tragar en seco ante ello.
Fue en un sueño. Una mujer esbelta, larguirucha, de amplia sonrisa, ojos estrella, de diosa las manos, flotando sobre la acera, partiendo el planeta, oscureciendo a la misma luz. Dentro del sueño, los árboles cobraron movimiento a voluntad y el viento tomó consciencia de sí mismo. El conjunto de vida celebró la pasarela y solo el cemento fue incapaz de percibirlo. Mis ojos explotaron dentro de aquella ilusión.
La tarde avanzó y el cielo liberó lluvia. Corrí desconcertado; el nivel de encharcamiento crecía a ritmo constante y las calles solo atinaron a deprimirse; los autos lloraban, los semáforos enloquecieron, los autobuses en huelga y la lluvia reina a sí misma se proclamó.
Mucho ruido explotó en el aire. El ruido rompió el sueño. El sueño rompió la fantasía. La fantasía rompió el hastío. El hastío rompió la rutina. La rutina rompió la vida. La vida rompió al silencio. El silencio rompió el lenguaje. El lenguaje rompió la oscuridad y la oscuridad absorbió toda la luz.
Entonces la oscuridad depositó la luz en la mano izquierda de ella. Toda. Y ahora ella brilla toda.
Un sueño hecho mujer hecho escorpión hecho alma hecho luz.
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